La noche no había dado permiso al alba y aún así La Matona ya bajaba por la cuesta de El Burgo de Osma. Aquel bronco ronquido de motor se esparcía por los montes. La cebada, crecida, ya había levantado hace tiempo y se veía tumbada sólo por donde un hombre había pasado, quizás escapaba, aunque por lo corto de sus…