Desde que se vieron en Soria, la milicia de El Burgo de Osma alcanzó fama. De Madrid vinieron falangistas para organizarles porque tenían que ir a todos los pueblos «a señalar a tantos de ideas avanzadas», alcaldes, sindicalistas, la gente de izquierdas y otros entregados republicanos y derechita cobarde. Había que preparase para el golpe.
En la reunión estaban José Martín Verguizas, Pedro Jiménez González, Jesús Martínez Trillo, que habían venido desde Madrid, para crear allí la Bandera de la Falange, pero no pudieron porque no fueron más de seis en toda Soria y el mínimo que se exigía para poder constituirse legalmente era de veinticuatro afiliados.
Se pasearon por toda la provincia en el coche de Verguizas, este, Trillo, Jiménez y otro más, José Pedro Bujarrabal, un ingeniero aeronáutico. En el mes de julio, en Noviercas, les pincharon las ruedas del coche y fueron detenidos porque iban cargados de armas.
De esa Eduardo se libró porque los de San Esteban y El Burgo formaron un grupo aparte. El golpe de estado de los militares estaba en marcha y las instrucciones de Madrid las tenían desde hacía meses. En esos días previos al golpe se trataba de disponer de listas y nombres a los que quitar de en medio y preparar la voladura de los puentes por si había ofensiva republicana o alguna resistencia.
Al pasar el alto se divisaba La Rasa y la finca de la azucarera, donde se habían instalado los militares, se rumoreaba que querían poner un aeródromo para los alemanes y los italianos. La estación y sus viviendas habían sido ocupadas por los mandos militares y los soldados dormían junto al muelle donde guardaban las armas pesadas. Los alemanes y aviadores se instalaron en coches camas que trajeron. Aquellos campos siempre habían dado remolacha para el azúcar de la compañía Azucarera, que se trasladó a Valladolid hacía casi veinte años.
En el paso a nivel pasaron despacio pero sin detenerse, sin visitar esta vez a las tres mujeres, pero que supieran que no las pensaban dejar. Tomaron hacia Pedraja, camino de San Esteban de Gormaz. En el coche negro, Marqués y López tenían ya la lista de los que buscaban pero antes había que recoger a Eduardo, el “Estampillas”, en Alcubilla de Avellaneda. Toda aquella llanura era de la finca azucarera que seguía el rio Duero por todo el valle. Pasado San Esteban, subidas unas cuestas, la meseta volvía a alzarse llena de cebadas y trigos hasta después de unos kilómetros llegar Matanza.
-“Que la Virgen de la Guía nos lleve” -gritó el Charraman al pasar junto a la ermita y atrás se santiguaron.
En el pueblo al oírles pasar de largo quedaron aliviados, no era la primera vez y conocían de sus andanzas. Después de pasar por Villálvaro y Zayas de Báscones llegaron a Alcubilla de Avellaneda. El camión se detuvo pero el coche continuó sin parar. Eduardo esperaba sentado junto a la torre de la iglesia. Se acercó a la Matona, lanzó su escopeta y la mochila y de un salto se subió a la caja de carga. Sus maderas crujieron dolidas por tan penosas cargas.
Los desafectos de la lista
El coche de Marqués ya salía del pueblo y la Matona les seguía a cierta distancia. El sargento López sacó de la mochila un cuaderno con un papel en el que a lápiz estaba escrita la lista que hace unos días le habían pasado. De Santa María había seis y otro más de Arganza .
Los nombres aparecían agrupados según fueron calificados por los informantes; por un lado estaban los cargos republicanos, por otro los militantes de partidos y sindicatos. Con su lápiz López los señalaba; leía y releía cada silaba para que ninguno se le pasara:
-“Luis Viñarás Llorente, agricultor. Ignacio Viñarás, primo del anterior, también agricultor. Juan Llorente Peñaranda, «el Zapatero», agricultor y… también zapatero. Vicente Álvarez, el «Caloyo» agricultor. Antonio Laguna, «el Rojito», el sacristancito de Muñecas. Isidro de León Carretero, pastor.”
Al llegar la comitiva al pueblo, la Matona y el coche negro se detuvieron en la puerta de la iglesia. López con su mochila se fue al ayuntamiento y al poco llegó el alcalde, Felipe Muñoz, que se había hecho con el cargo en los primeros días del golpe. Saludó brazo en alto al guardia civil y todos fueron al despacho donde aun no había bandera alguna. Allí López le puso la lista sobre la mesa y fueron repasando uno por uno.
-“Luis Viñarás Llorente, agricultor, ¿este de quien se trata?” preguntó López.
-“De este no hay ninguna duda, sacó la republicana el 14 de abril y estuvo en la mesa por el Frente Popular, estará por el pueblo, seguro que en su casa.”
-“Ignacio Viñarás, su primo, también agricultor, y ¿de este? No podemos cometer errores, son las ordenes”, le insistió mientras marcaba con una equis a Viñarás.
-“Este es el que montó la casa del pueblo con la ayuda de un comunista que no era de aquí, pero se reunió con ellos, dicen que en las canteras de Osma” -respondió al alcalde.
-“Juan Llorente Peñaranda, zapatero, agricultor” -siguió nombrando.
-“También de izquierdas pero poco mas” -medio murmuró el alcalde.
-“Estrellao” gritó López. “Aquí tienes un remendón como tú, puedes pedirles que te deje en herencia la herramienta” -remató riendo.”
-“Sigamos, hombre, Vicente Álvarez, alias el Caloyo, no, no, no me le recomiendes que ya le tengo conocido.”
-“Este se ha hecho con la mitad de las ovejas del pueblo, habrá que dar cuenta de ellas. Buena tierra tiene en la vega y también en el Puente de los siete ojos tiene varios prados y algún corral.”
-“Pues a espabilar. Ya sabes. A ver, Antonio Laguna…
-“El Rojito, le dicen, así que nada más que añadir” remarcó aquel alcalde.
-“Ya se quien dices, el sacristancito de Muñecas. Pues se le acabó ayudar a misas.”
-“Isidro de León Carretero, pastor” leyó, mientras marcaba con una equis su nombre.
-“De este poco sé, solo que es un voceras, un muerto de hambre y sin tierra, ahora está de viñadero.”
-“Pues si aquí está su nombre será por algo y no se libra” dijo López recogiendo la lista. “Toma y con ellos haz un bando para que se presenten de inmediato en el ayuntamiento.”
El alcalde del Movimiento, que hacía poco más de dos semanas fue nombrado por la misma cuadrilla, salió de inmediato para poner por escrito las ordenes y mandar a los alguaciles a entregarlo en mano.
A almorzar antes de la faena
Los de la cuadrilla de la Matona decidieron irse a almorzar a la cantina, en la calle Real y en la escalera de la iglesia quedó el Andrés, el estanquero, guardando las armas.
Desde la barra les vieron entrar cuatro vecinos que tomaban un porrón de clarete. Con la cara pálida la Angustias se temió lo peor. Ningún tiro ni enfrentamiento con los golpistas había habido en el pueblo, pero bien sabia que aún así se habían llevado a muchos, al propio alcalde o a los de San Esteban y nada se sabía de ellos. Decían que les llevaban a la cárcel de El Burgo pero allí a las familias les decían que en Soria, y en Soria nada sabían.
-“Que va ser” les dijo la Angustias desde la puerta de la cocina.
-“Pues yo bien un corderito, que pague el alcalde” respondió el Charraman.
-“Pues nada me han dicho, pero si usted lo dice puedo ir a buscar, a ver si el Vicente mató hoy y tiene algo para darme. Mientras les puedo poner clarete y algo de chorizo.
-“Anda corre que estamos secos y tenemos más que hambre.” dijo el Campanero sentándose en una mesa.
Los de la barra tomaron a cuatro tragos lo que quedaba del porrón y se disponían a marcharse viendo la que se preparaba. De las paredes del bar habían caído más de un retrato y se notaban las marcas. El crucifijo ocupaba un blanco limpio en lugar de la bandera republicana, una estantería estaba llena de bandos del ayuntamiento dónde antes estaba la prensa. La radio seguía en el pequeño estante cubierta de una funda de tela para que no la cagasen las moscas, ahora ya apagada desde que los nacionales llegaron para llevarse al alcalde a Soria.
La Angustias fue corriendo calle Real adelante, por que la casa de Ignacio y la Amparo estaba a la entrada del pueblo. Allí tenia una carnicería en que vendía cordero para el pueblo. En el portón, a la derecha colgaba medio cordero. La cara le delataba y Amparo se estremeció pensando en lo peor.
-“Que han vuelto al pueblo, con un coche y un camión lleno de armas bajo unas mantas, que me creo que vienen a llevarse a alguno.” dijo con voz entrecortada por la carrera.
-“Pero si aquí nadie ha hecho nada” le respondió mirando al establo y vio que Ignacio no estaba, estaría en la tierra pensó. “¿Te vas a llevar algo?”
-“Pues ese medio, me lo troceas, y me dejas las chuletinas. Ya te lo pagaré que va a la cuenta del alcalde”
De vuelta se oía bullicio en la cantina y los vecinos andaban en silencio, ningún saludo, hacia sus casas.
Cuando terminaron su porrón los cuatro parroquianos salieron pero el Charraman les cerró el paso.
-“Arriba España” les grito con el brazo en alto, a lo que todos respondieron con el mismo saludo.
-“Que me creo que en este pueblo a más de uno no les gusta el Alzamiento y guardáis a la chusma”, “Ala iros para casa no os pase algo malo”. Al tiempo el campanero se puso a cantar el Cara al Sol.
Y entre risas dejaron el canto, se sentaron a la mesa y al cabo de un rato la Angustias les servia las tajadas de cordero frito. Ya iban a empezar a comer cuando López entró por la puerta y se unió a los demás. Nadie más entró en la cantina.
El propio alcalde y el alguacil, que había sido viñadero en uno de los guardaviñas, fueron puerta a puerta entregando el bando a cada uno de los de la lista.
Salvo al Ignacio, a todos los encontraron en su casa porque nada temían, nunca habían tenido ningún problema con la justicia ni tampoco se habitan destacado en la política. Estaban creídos que seria para poco tiempo
Cuando le dieron el bando, Amparo salió para las eras esperando encontrar Ignacio a tiempo, le llevó su escopeta, unas mudas y algo de comida. Le vio en el corral preparando el trillo y salió corriendo a su encuentro. Ignacio más confiado intentaba tranquilizarla y que por ir al ayuntamiento nada iba pasar pero al final convinieron en que esa noche se quedara en el monte.
Después de la comida y entre cantos y vivas la cuadrilla fue al ayuntamiento para llevarse a los detenidos, aun quedaba buena tarde pero también tenían que pasar por Arganza a recoger a otro, un maestro. El Charraman les seguía con la Matona.
Al cabo de rato fueron llegado al ayuntamiento los citados y según fueron llegando sin mas explicaciones les ataron con las manos atrás, les subieron al camión tumbados y les echaron las mantas encima.
-“Ignacio Viñarás no se ha presentado” le dijo Otin, el “Campanero”, al alcalde.
-“Ignacio, ese tendremos que buscarle por las eras o en los corrales” respondió.
El coche negro y la Matona salieron del pueblo y al llegar a los corrales se dispersaron entre el monte y las viñas. Al final le localizaron en una de las guardaviñas donde Ignacio se había escondido a la espera de la noche. A golpes le forzaron salir. No le dejaron coger el hatillo que la Amparo le había preparado, pero se llevaron la escopeta.
-“A donde vas no te va a hacer falta” le espetó el Charraman.
El alcalde y el alguacil se volvieron andando hacia el pueblo mientras que ellos tomaron la carretera hacia Arganza. Tras pasar Quintanilla de Tres Barrios y Guijosa tiraron hacia Muñecas. Ignacio conocía bien aquella carretera que había recorrido por las laderas del rio para llevar las ovejas a los corrales que tenia en el cañón del rio Lobo. Por entre las mantas pudo ver como quedaban atrás las choperas junto al rio Pilde. Los falangistas iban apostados apuntándoles con sus escopetas. “Nos llevarán a El Burgo o a Soria” pensaba Ignacio.
Tras pasar las Hoyas, las curvas pusieron a prueba los frenos de la Matona, porque el cañón simplemente no se anunciaba entre los bosques, solo la cortada que el rio Lobo había creado tras milenios de erosión imponía la dura realidad. El olor al ferodo quemándose atravesó las mantas. “Nos queman” pensó el Caloyo.
-“Atento a ver si nos matamos todos” le dijo López a Marques que abrían la comitiva en el coche negro.
Al final el puente de “Los siete ojos” apareció donde el cañón del rio Lobo se abría para dar paso al otro lado. La tierra no pudo impedir que la Matona cruzara a pesar de que el volante se resistiera a cada curva, como queriendo seguir de frente para acabar de una vez y para siempre en el fondo de un barranco.

Arganza era un barrio de San Leonardo, allí vivía el maestro, don Angel de León. Su escuela era modesta y mixta, 15 niños y 15 niñas. Don Angel casó con Isidra y estaba allí destinado desde 1931. Su credo era enseñar para sacar de la ignorancia a los niños de los pueblos. Con la proclamación de la República, colocó su bandera republicana a un lado de su mesa, en el pequeño estrado, que le servia para ojear a todos y que su voz bien les llegase. Alguno de sus seis hijos fueron pasando por sus clases.
Enseñó a todos los que querían aprender, también a los mayores, para que la lectura les llevara a nuevos mundos y que nadie les engañara con las cuentas, cosa que era bien apreciada en el pueblo. Muchos de ellos eran madereros que trabajaban en el corte y en la serrería en los pinares.
-«Angel, toma la chaqueta que vas en mangas» le dijo Isidra cuando el Charraman le llevaba hacia la Matona.
-«No se moleste, señora, que no le va a hacer falta», fue la respuesta que muchas veces dijo sabiendo a donde les llevaba.
Como a los demás a Angel le ataron a la espalda y le empujaron al suelo de madera de la caja de la Matona, aquel Chrevolet de los años 20, cansado ya de tanta muerte y que siempre había llevado la cerveza desde Madrid a toda Soria.
Por la carretera de El Burgo, a poco más de 20 kilómetros, en el Alto de la Herrera, después de una curva a la izquierda, se detuvieron en un claro del bosque. Allí les hicieron bajar y en fila fueron subiendo hacia el cerro. Delante iba el guardia civil López, de uniforme y correaje, con la pistola en la mano, buscando un lugar apropiado no muy alejado pero que no se viera desde la carretera.
Atados a la espalda, ya nada se decía, y todo parecía claro. No iban al cuartel ni la cárcel, no había detención alguna, les llevaban en un paseo a la muerte.
Isidro de León Carretero, de 16 años, pastor del rebaño de su padre, se puso a gritares pidiendo explicaciones.
-«¿A donde nos lleváis?, ¿que vais a hacer con nosotros? Asesinos, nosotros no hemos hecho nada” Y corrió como pudo cuesta abajo.
-«Viva la República” “asesinos” coreó Antonio, el sacristancillo rojito de Muñecas.
Los falangistas comenzaron a disparar a todos ellos, en un desorden que a ellos mismos les estremeció. Cuando cesaron de disparar a los cuerpos inertes, el silencio se hizo y los ecos dejaron de retumbar por los cerros. Entonces comenzaron a dar sus vivas.
-«!Arriba España! !Viva Franco! !Muerte a los rojos!” “Por el Imperio hacia Dios” y cantando el Cara al sol bajaron por la ladera, subieron al coche negro y al camión. Con aquel griterío la Matona tomó la dirección a Ucero, camino de El Burgo.
A otros tantos kilómetros la carretera conduce al balcón del rio Ucero desde donde se divisa todo el valle, abajo se puede ver el pueblo Ucero donde parte ese cañón que abrió el rio Lobo rompiendo la tierra. La Matona quemaba sus frenos aguantando la pendiente y las curvas. La tarde calurosa comenzaba a relajarse, como todos los días, como si nada pasara.
Al nuevo alcalde de Ucero le dieron la orden de reunir a un grupo de vecinos y marchar a enterrar a los fusilados en el mismo lugar que quedaron. Al día siguiente, Felipe “el Truchero” y varios vecinos, cogieron palas y picos y subieron el puerto arriba. Después de un par de horas de camino, localizaron el lugar, algunos animales habían intentado devorar los cadáveres, los abantos ya rondaban por los cielos.
Cavaron una larga fosa y buscaron entre las ropas, objetos que pudieran identificarles y así avisar a las familias.
-«Este es Angel, el maestro de Arganza” dijo el Truchero.
-«Pues ya sabes si quieres avisar a los suyos, te vas a ello, pero de aquí que sepan no se mueve ni uno de estos.” le dijo el alcalde de Ucero.
Ya anochecido, cerrada la fosa, Felipe, desde el kilomentro 23, de la nacional 920, cogió camino de Arganza, más allá de San Leonardo. En una bolsa llevaba alguna sortija, un cuadernillo del maestro, una cruz con su cadena, unas gafas y una cartera rota que solo tenía la foto de unos niños, los seis del maestro y la Isidra.

En El Burgo, el grupo de falangistas aun celebraba su victoria. Ya anocheciendo el Charraman, aparcado el camión en la plaza, había marchado para casa. Los niños le esperaban y al más chico fue a darle un beso ya dormido en la cama. La mujer le recogió la ropa ensangrentada para lavarla.
Nota: «el Caloyo» es un cordero recién nacido.