La Isabel atendía al tren, pero no solo, hacía más cosas, casi todas las cosas. El tiempo se le agotaba y le faltaba cada día, como si se hubiera escapado de sus manos y huyera de su vida. El tiempo temía a sus aguileños ojos, y no le dejaba hasta que el sueño la agotaba.
En aquella silla de enea, a veces daba una cabezada, su ligera cabeza caía lentamente y la barbilla se posaba suavemente contra el pecho. Mientras, las manos despiertas seguían remedando el calcetín con aquel huevo de madera, que parecería harto de tanta aguja. Al rato levantaba la mirada en un lento despertar como si aquel minuto no hubiera sido nada y no hubiera sucedido. Asi era la Isabel.

Ella no veía que la miraban desde la puerta del cuarto, levemente entornada, porque en aquellas primeras horas de la noche las hermanas estaban aun despiertas y a la espera.
Al fondo el quinqué cimbreaba las paredes con su llama. Y la luz amarillenta casi apagada, con poca mecha para no gastarla y que el petróleo durara, acompañaba a aquella mujer que llevaba siglos remendado. Todas ellas llevaban siglos remendando.
El sueño las podía y Pepita y Vicenta caían contra la puerta, entonces Isabel la empujaba suavemente hasta que podía entrar.
“Vamos niñas a la cama, hay que dormir”, les dijo despertándolas y sabían que, como cada día, a las pocas horas llegarían los fascistas buscando al padre y al hermano huidos.
La noche continuó y ella volvió a la silla, la fresca ya entraba por la ventana en aquel caluroso verano. Al rato dejó la costura y fue a buscar cobijo en la cama, junto al marido ausente. Tan grande era Gabino que su sitio era escaso, a veces le empujaba, él se daba la vuelta, y los dos acababan de canto. La cama estaba fría y ella se acurrucó dejando el hueco de siempre.
Isabel era guarda barrera, y con su banderín rojo daba paso a los trenes y detenía a los vehículos. Tenía el paso corto y ligero, de tal modo que siempre parecia estar corriendo, seguro que atareada y al tanto de los trenes.
Después del corte de la vía llegaron los soldados sublevados y se asentaron en la estación. Isabel continuó con su trabajo, ya que no quedaron mas ferroviarios que el jefe y un mozo, los demás se pasaron a la zona republicana después de estar escondidos por el monte dos semanas. Desde entonces los falangistas de El Burgo y de Osma iban casi todos los días al amanecer a registrar la casilla por si los hombres habían regresado.
Allí venia el Charraman, que la Isabel bien conocía desde pequeña. Los dos nacieron en Osma. El ahora vivía por las bodegas, sin embargo los Aguilera, mejor situados, vivían junto a la plaza, cerca de la iglesia.
Su familia se había asentado en El Burgo y emigraron de otro pueblo, Coruña del Conde, junto Clunia la ciudad romana. Se cuenta que un tío abuelo era herrero y después de salir huido, se instaló en Osma. Al parecer en su locura fabricó un aparato volador y se tiró desde el campanario. Después de planear unos 200 metros los vecinos le recogieron mal herido y quemaron su artefacto. Aquel herrero inventor, precursor de la aviación, murió de melancolía y la familia emigró.
Con los ojos, aguileños, la Isabel le dijo al Charraman todo lo que había que decirle. Esas verdades que el miedo no permitía que le salieran de la boca. Así se fraguo el silencio de tantos años. «Si las tocas te rajo», pensaba con la mano en el bolsillo del mandil.
El Charraman cargado de envidias y rencores repartía la muerte por toda Soria. Cuando después de dar batidas por si encontraban a los hombres escondidos por el monte, dejaron de ir por las noches, y parecia que las noches volverian a ser tranquilas, entonces llegaron los alemanes y los italianos para hacer un aeródromo y por las noches las echaban de la casa y se la dieron a los aviadores.
Muy de mañana los presos políticos de la cárcel de El Burgo bajaban andando a trabajar en las pistas de aterrizaje. En el paso a nivel las chicas les daban algo de pan y agua hasta que los soldados las echaban. Temerosa Isabel las recogía y las metía en casa. Bastante tenían ya con lo suyo. La Pepita siempre había estado en las manifestaciones con las elecciones lo mismo que la Vicenta y su hermano.
Llegaron unos trenes con alemanes para supervisar las obras y al poco llegaron los primeros aviones y los pilotos mecánicos que se instalaron en la estación y en trenes coches camas que aparcaron en las vías apartadero. La estacion se llenó de bombas.
El Ayuntamiento sacó un bando obligando a los vecinos a ceder habitaciones para instalar a las tropas. Las tres mujeres tuvieron que dormir en casa de la abuela y los primos cerca del monte.
En otros tiempos la tarea era vigilar la leche que en el fogón mientras unas astillas encendidas la calentaban para el desayuno. Con el taburete Vicen se asomaba al fuego. “Ya sube, que ya sube, que sube”, ella volvía la mirada, con un punto de brillo en los ojos, y con un gancho retiraba la cazuela a un lado de la hornilla. Al rato volvía a acercarla y así hasta tres veces. Luego se reposaba y se hacía la nata, que a poco que se descuidara habia que romperla con una cuchara. Y así podia echar un poco de leche en el tazón y un trazo de torta venia como flotando desde la despensa.
Con un golpe, como al paso, despertaba a la niña de aquel rosco, o aun menos, de aquella cabezada que la leche de la mañana siempre producía. Y mientras ella, de aquí para allá. Primero las camas, que se ayudaba con un palo, para remeter las mantas al lado de la pared porque el cuarto no daba para más.
Aun humeaba la leche y ella ya entraba de la calle, por una puerta de hoja partida, con una lata de carbón que echó sobre unas astillas. El fuego era cosa de ella, de ellas, de las tres mujeres. Eran cuatro pero la pequeña murio a los tres años y medio, Gabino, a los pocos dias, tomó su cuadernillo de cumpleaños y en la columna del lugar de nacimiento, puso «falleció el 27 de agosto de 1927». La letra estaba rota y ya no escribió más en esa libreta.
La distancia a la estación era exactamente de 500 metros y una placa lo indicaba en la pared de piedra de la casilla. Así se llamaba la vivienda que estaba junto al paso a nivel, poco más de cuarenta metros cuadrados con la buhardilla, donde se colgaba la matanza.
Aquella línea era de vía única y los trenes que circulaban en sentido contrario debían detenerse para ceder el paso. Por eso se cruzaban allí y por eso la estación era mas grande, con varios andenes y apartaderos, una grúa para el agua de las maquinas a vapor y varios depósitos de agua. El bullicio de viajeros era, por eso, un acontecimiento que se repetía todos los días a la una y luego por la tarde sobre las cinco. Uno de los trenes era el rápido, no paraba en todas las estaciones, por eso se llamaba rápido y llevaba un vagón de primera clase, con asientos de terciopelo. El otro era el correo porque traía la correspondencia y paraba en todas las estaciones, y solo acoplaba vagones de segunda y tercera clase, de esos de terraza en la escalerilla, en los que siempre viajában a Madrid.
Por la noche pasaba un tren nocturno con coches cama de esos de la “Compagnie Internationale de Voiture Lit, I – II classe.” Al pasar la casa se movia, porque iba deprisa, no paraba en la estación. No se sabia de donde venía ni a donde iba. Quizas a Madrid o quizas a Barcelona.
Cuando se cruzaban los trenes de la tarde la Isabel terminaba su jornada. Libraba un día a la semana. Con su mandil azul y su banderín rojo enrollado, la Isabel recibía el paso de los trenes. Sonreía poco como si una tristeza la acompañara siempre.
La Isabel siempre estaba atenta a las maniobras de los trenes. Allí los mercancías dejaban alguno de sus vagones que luego se descargaban en el muelle. Nicanor era el mozo que se encargaba de desenganchar los vagones y para ello se metía entre los topes, y a su señal la maquina les arrastraba hasta que los encaminaba había la vía del muelle. El tren en sus maniobras pasaba una y otra vez por la casilla. Cuando el guarda agujas había cambiado la dirección de las vías, la maquina llevaba el vagón hacia el muelle lentamente.
Nicanor subía y bajaba en marcha y un día el tren le arrastró. Isabel gritaba y corría con su banderín, pero Nicanor quedo tendido y sin vida. Las niñas se asomaron a la ventana mientras el tren iba hacia el muelle y Nicanor quedaba entre vías y traviesas.
La Isabel repicaba entre la escoria que las maquinas dejaban porque aun quedaba carbón que se podía aprovechar en la lumbre. Con una de aquellas latas grandes de conservas a las que Gabino les ponía asas, escarbaba en aquellos montones que aun conservaban el calor. Porque la Isabel tenia un primo que era fogonero y cuando pasaba y volvía desde la maquina en marcha le lanzaba con disimulo, a unos cien metros más allá, una briqueta de carbón. Hacia como que se asomaba y con el pie empujaba aquellos quince kilos de polvo de carbón prensado. Cuando al atardecer acababa su servicio se iba via adelante y envolviéndola en un saco se traía discretamente aquella briqueta. Luego, al atardecer, Gabino la troceaba.
Muchos dias la Isabel iba a poner las inyecciones, porque en el pueblo ella puso las inyecciones muchos años, después de la guerra. Medicos ya no había y uno de ellos le enseñó.
Abrió la caja de la jeringuilla, y sacando el embolo lo puso todo a hervir. Al rato echó un poco de alcohol en la caja y lo prendió. La llama azulada era mágica, recorría un lado y otro hasta consumirse. Con unas pinzas cogía el émbolo y lo colocaba en la jeringa. Con cuidado de no tocar nada cerraba la caja metálica. Después volvía a colocarlo todo en la cesta de mimbre, su maletín de enfermera. Muchas veces, recorrió el pueblo para, sin cobrar nada, poner las inyecciones a los enfermos, como el médico le había enseñado, con la ropa limpia.
Tambien iba donde el capataz de la finca, piel fina y blanca, el único en el pueblo, manos de administrador, gesto de prepotencia del que manda, sumiso ante los señores de la Casa Grande, y prepotente con los rojos de siempre, franquista, pero despues del golpe. Sus hijas paseaban con los aviadores, los italianos que los alemanes se guardaban más.
La vicenta esperaba fuera, sentada en el poyete de cemento, frente al canal de riego de la finca. La Isabel salió y de la mano y se la llevaba calle alante hacia a la casilla. La Casa Grande era como un gran palacio donde los señores venían a pasar sus vacaciones. Estos señores no eran marqueses ni terratenientes sino el presidente del consejo de administración de la Azucarera. Casa con escalinta y baños, y agua de la fria y de la caliente, cada una por su grifo. Una prima era la ama de llaves, y a veces cuando no estaban los señores la Vicenta corretaba por la escalera. En la casilla el agua había que traerla en cubos para llenar la tinaja. Así la Isabel cargaba con dos cubos desde el otro lado del pueblo, en las fuentes del canal. Al atardecer traía el agua de beber de la fuente el Moñigo, un hilo de agua que caía en una charca en la tierra de los primos y la abuela.
Rezongando, casi susurrando, la Isabel decía: “Menudos son estos, tu con ellos callada» y casi le pellizcaba los labios.
Así aprendió lo que se podía decir y lo que no. La Isabel le dedicó las pocas de sus sonrisas. Aquellos tiempos le habían robado el espacio para la felicidad, la vida se le había roto muchas veces y a ella le hubiera gustado alejarse de todas las ideas, de todas las luchas, solo vivir sin sobresaltos.
La Isabel había enviudado y se casó de nuevo con Gabino, un viudo con dos hijas y un hijo, a los que crió pero no era su madre y siempre la llamaron “tía”. Y la distancia se mezcló con los reproches. La Isabel conoció del sufrimiento pero no solo el de las ideas.
En su tiempo, Gabino cazaba con escopeta, también palomas, pero sobre todo la perdiz y la codorniz. A vueltas con el guarda de la finca, porque los conejos y las liebres salían de los campos y se metían en los montes de los señores. Pero eso era antes de la guerra. Ahora ya nada sabia de ellos y la vida se había roto.