Sin categoría

1.3.- Los del coche negro

Alfredo Marques era el dueño del coche negro. Se detuvo al llegar a Bayubas de Abajo, porque no quería señalarse ante aquel alcalde que no parecía muy claro en sus ideas. Cogió el tabaco y se lió un cigarrillo, sacó un poco la mecha a su yesquero que prendió al primer golpe. Relucía en la noche al encender el cigarro y soltó por la ventanilla el humo que nunca aspiraba. Al tirar del contacto el coche arrancó a la primera y sin prisa se llegó hasta la plaza. Allí estaba porque el sargento López le había encargado que fuera a buscarle al pueblo donde el había nacido y que aunque nadie le quedaba en su tierra, quería tener unas palabras con aquel alcalde.

Al fondo de la plaza, justo en el callejón del ayuntamiento, López apareció con el alcalde. Ninguna palabra se cruzaron y si de algo hablaron lo hicieron antes, y a Alfredo no le quedaron más que las dudas.

López, el guardia civil de El Burgo

El motor del coche al ralentí danzaba como para querer pararse. El guardia civil cerró la puerta con un fuerte golpe.

-“Vamos, al Burgo, a recoger a Charraman” le dijo sin más comentario. Por el tono, Alfredo entendió que hoy no era día para preguntas ni explicaciones.

El coche con sus faros iba alumbrando el camino. Alfredo condujo hacia el cruce con la carretera a Tajueco, en sentido al puente Ullán, para luego tomar hacia El Burgo de Osma. Después de un rato López comenzó a hablar sin que nadie se lo pidiera, como si para el mismo fuera y no tuviera compañía.

-“Y no va y me dice que por qué le dejamos a estos ahí”. “Pues no me dice que quiere enterrarlos en el cementerio” repetía gesticulando con cejas y brazos. “Pues que haga lo que quiera, pero fuera de la tapia que esos no queden en tierra santa.” “Al infierno con ellos”. Alfredo guardó silencio mientras asentía y le miraba.

-“Mira a la pista que nos la damos” le gritó. El coche levantaba mucho polvo y no era bueno para estas cuestiones porque les veían venir de lejos.

-“Para, para, quiero ver si les dejamos bien tiesos.” Le gritó al pasar junto al puente y Alfredo pisó el freno de tal modo que casi lo manda al parabrisas.

-“Claro que están tiesos, les dimos un buen repaso” –le respondió Marqués mirando con enfado.

-“Date la vuelta que quiero verlo yo mismo” insistió asomándose por la ventanilla y diciéndole con los ojos “aquí mando yo”.

Justo antes de entrar al puente por una vereda que sale a la derecha se llegaron de nuevo hasta la orilla. Allí estaban los cadáveres amontonados, con posturas inhumanas, sorprendidos por la muerte violenta, sin rostro, sin dedos, uno parecía haberse arrastrado casi hasta la orilla del Duero.

-“Mira ese prefería morir ahogado” decía sonriendo Marqués.

Volvieron a la carretera camino de El Burgo. Al cabo de un rato llegaron a la plaza del ayuntamiento. El Charraman les esperaba y al verles subió al camión y lo puso en marcha.

Como una caravana de festejos, tras el coche negro, le dieron un par de vueltas a la fuente. Por no pasar por la catedral se fueron por el seminario y allí recogieron al zapatero, el “Estrellao”, porque trabajaba en la zapatería Estrella de la plaza, y a Otin, el “Campanero”. Por la carretera del lado izquierdo del Ucero, junto a las canteras, llegaron hasta la presa y por el puente cruzaron al otro lado camino de La Rasa. Allí quedó la Aurora, que así se llama la fábrica de harinas que había abandonado la producción tras el levantamiento militar contra la república.

-“No quiere dejar nuestra visita a las chicas –decía el Charraman al Campanero- pero el trabajito está en Santa María de las Hoyas, el sargento lleva la lista. Antes pasamos por Alcubilla a recoger a Eduardo.”

-“Anda que he visto al Juanito por la plaza y con ese ¿qué?”, le dijo con ojos afilados.

-“Ya veremos, ya veremos pero tu ni palabra.”

-“Dale, dale que los perdemos, vaya si tiene prisa el sargentito”. El coche negro de Marques les cogía distancia. Eduardo el estanquero temía que hoy hubiera algo gordo. Porque entre los camisas azules y los guardias había buenos tratos pero más envidias.

Le dio marcha al camión Chrevolet que todo el mundo ahora ya conocía por la Matona. No le habían dado buena vida y no hacia muchos años que su dueño lo había comprado para el transporte de mercancía desde Madrid, especialmente la cerveza que distribuía por Soria. Cientos de ellos circulaban y ahora todos estaban dedicados a la guerra. A la Matona se la requisaron a un comerciante de Berlanga, que nada dijo y marchó de su pueblo.

Deja una respuesta