La Falange en Soria no tenía más de seis afiliados antes del golpe militar, pero a las pocas semanas se contaban ya por miles. Sus filas se llenaron con el miedo y las venganzas personales.
Los Otín eran de siempre los campaneros de la catedral, a los toques principales acudían todos, padres, hijos, sobrinos, porque eran necesarios. Cada campana los requería a un tempo y un día señalado.
La Virgen del Espino, patrona Burgi oxomensis Sancta … MDCCLXXIII. La hizo Petrus Menezo». Así rezaba una inscripción en la campaña y también estaba señalada con los disparos de la guerra carlista. La gente la conocía como la campana De las animas. Todas tenían su nombre que les dieron de nuevas.
La de San Juan Bautista, la de Santa Bárbara, la de Santo Domingo, y luego los campanillos, de Santa María, de Jesús, de María y de José. Todas fueron bautizadas antes de subir al campanario. Otras menores para los rezos estaban en la nave y de ellas también se encargaban.
Otón acudía a los toques para recibir o despedir al obispo cuando salía de la ciudad, o al capitán general o gobernadores, según fuera el personaje, así los Otin interpretaban, un toque u otro. Todos los hermanos al tiempo junto al padre, cuando era necesario. En la cabeza llevaban las melodías y nada estaba escrito.
Antes del alba, todos los días Otín daba el Toque de Pastores un poco antes de romper las primeras luces, con nublo o sin nublo. El trabajo no era de sol a sol sino de luz a luz que no es lo mismo y así era la jornada de las ovejas y su pastor. Las luces del verano se hacían interminables y con el calor las ovejas se amodorraban y había que moverlas para que comieran y en invierno había que romper los hielos para que bebieran. Y así, al toque del campanario el pastor iba y volvía. Pero con la guerra el orden de la vida cambió.
Aquella mañana al campanero le recogieron cerca del seminario, cuando aun resonaba el eco del toque por el cañón del Ucero. Hasta entonces los Otín habían sido gente normal y religiosa, que por las calles se saludaban, conocidos como eran por su oficio, incluso a más de un vino les invitaban cuando los familiares tras los funerales, o mejor tras las bodas con sus banquetes, les agradecían su buen hacer. Porque aquel trabajo era sacrificado y los curas siempre mal pagaban, solo por un duro a la semana.
Eduardo, el estanquero de Alcubilla de Avellaneda
Hace unos meses, antes de las elecciones, Eduardo, el estanquero de Alcubilla de Avellaneda, estaba de pesca muy de mañana en el rio Cañicera, solo quería pillar unos cangrejos con cuatro reteles, pero justo el alguacil de campo acertó a pasar y le lanzó una cabañuela a rataculas. Nada pudo hacerse sino esperar a que esa especial predicción a destiempo fuera solo una broma. Pero en aquellos días tan revueltos y con las izquierdas del Frente Popular dispuestas a todo, con aquel guarda no se podía andar a malas.
-“¡Un rayo te quemará la tienda en el agosto!” Le dijo el alguacil.
-“Pero señor Alberto no me diga eso” le dijo mostrando respeto a quien trabajaba para el marques y ejercía aún su poder sobre las tierras que el pueblo ya había comprado hacía muchos años.
-“Andas con mala gente y eso no te conviene. Queda dicho.” Respondió amenazante.
Cuando Eduardo al que llamaban “el estampillas” por los sellos que vendía volvió para abrir la tienda le contó a su mujer lo sucedido, ella le pidió que arreglara las cosas con la autoridad, que los tiempos no estaban para líos con nadie, que ellos vendían a unos y a otros y de todos comían, de las derechas y de la izquierdas.
-“Que quieres, que nos quiten el permiso” -le dijo.
A la tarde, cuando todos los hombres iban a la cantina, que estaba también en la calle Real, en la trasera de la Casa del Pueblo, Eduardo fue a tomar un vaso vino y viéndoles jugando al guiñote se acercó a la mesa donde el alguacil echaba su partida, y en voz alta para que todos le oyeran dijo:
-“Qué, ¿se me hace un hueco?”
El silencio cubrió a los parroquianos que entre ellos solo intercambiaban los cantes de las cartas. La eternidad se redujo a un instante en el que las miradas ni llegaron a cruzarse. Cada mesa volvió a su partida, cada parroquiano con los suyos, los de ideas avanzadas a un lado, al otro la autoridad y a veces aparecía la sombra fría del marques, porque él en persona hacía años que no venía por el pueblo.
El alguacil se volvió mirándoles, que no al Eduardo, y al tiempo dio un empujón a la silla de enea: “Aquí tienes tu sitio” respondió en voz alta, mirando a los parroquianos y sin gesto alguno para el estanquero. No hubo más conversación y, con uno más, volvieron a echar las cartas. La partida continuó y todo quedó claro.
Así fue como Eduardo cayó en las redes de las milicias de la falange. Su mujer maldijo aquel día porque vinieron muchos días a buscarle siempre tras el alba y él no daba cuenta de nada. El camión iba a la iglesia pero otras veces se detenía en la misma puerta y le tocaban para que acudiera, cogía la escopeta y marchaba, pero de vuelta la ropa le delataba.
-“De donde vienes, Andrés”, le decía más como comentario que preguntando porque ella bien lo sabía.
-“De la caza bien lo sabes” pero no traía ninguna pieza y luego se lavaba las manos un buen rato. No había jabón para tanta mala conciencia.