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2 -POR QUÉ REPICAN LAS CAMPANAS DE VILDÉ

A cada paso el rumor crecía. Como un ancho y serpenteante sendero el río bajaba y por fin tras una chopera, la tierra se abrió y le dejó solo en el valle. Con el andar decidido se fue acercando. Por qué las campanas de Vildé tocan al alba, susurraban las aguas del rio Duero. Si las animas por allí nunca antes habían pasado, si las gentes cumplían siempre fielmente con su cura, y las mujeres iban a misa los domingos, y al rosario todas las tardes. Y si don Nicanor ese día no iba, ellas se reunían y hacían los cultos que falta hiciera. ¿Por qué? por qué tocaban las campanas al alba. Sin prestar más atención siguió con más urgencia en su paso.

Comentaban que a veces, con su maletilla de cuero viejo rematada con cantoneras de metal, se le veía marchar por el camino, a coger la carretera hacia Berlanga, “seguro que a tomar el tren, quien sabe si a la capital del “reino”, decían las malas, malas lenguas se entiende, las buenas gentes nada decían de que “va a ver a la familia”, familia la suya, que había dejado antes de meterse a cura y que seguía atendiendo, cada cierto tiempo, al mismo que la familia crecía y la necesidad apretara. Así era él, don Nicanor, pero nadie se quejaba porque el cumplía siempre con su iglesia, lejos de jerarquías que no eran muy de sus ideas, y de ese modo se le quería y respetaba, porque como hombre que era, eso lo dejaba para la capital. El obispo que algo sabía no quería más líos. “Un cura rojo más, ya le llegará su hora” comentaba cuando el campanero de El Burgo le decía, esas cosas que todo el mundo ve pero calla.

La campana, esa por la que preguntaba el agua del Duero, solo había una, en una torre que no alcanzaba a ser alta, porque desde arriba solo se veía parte del camino que llegaba al pueblo, para llegar ver más allá no hubo ni suficiente limosna del campesino ni dineros del mismo obispado que permitieran subir un poco más alto el campanario. Los vientos del norte nadie los quería y por eso la torre quedó cerrada por ese lado, también muchas ventanas del pueblo, así que todos miraban y salían al sur como el camino, qué remedio quedaba.

Cuentan que así había sido desde el alfoz de Gormaz cuando el Cid pasaba para ir a Valencia, entre batallas y guerras por el reino, hasta que cansado de reyes, el mercenario conquistó, sometió y partió para no volver. Cosas que a veces las mujeres murmuraban a las chicas cuando en hora de rosario, en esos días de ausencia de la jerarquía, pasaban el rato. Que si el cura no venia, pues un guiño, que si aparecía, silencio y al rezo. Otras veces, sacaban el brillo a los bancos y una bayeta al suelo de madera ya marcado por el desgaste con las estrías del tiempo. Los hombres al bar y mientras ellas en la iglesia no pecaban de obra pero quién sabe si de palabra, así lo pensaban ellos, aunque no el cura.

Para su escapada don Nicanor, se acercaba hasta Hortezuela, donde estaba la estación más próxima a Berlanga de Duero, más de cuatro horas andando, para tomar el tren correo que pasaba sobre las dos de la tarde, según viniera, luego hasta Coscurita y a Torralba a enlazar con el que venía de Zaragoza que le dejaba en la estación de Atocha en Madrid, cerca de las nueve de la noche, y desde allí a casa, en la calle Amparo. Si da para ello de eso ya hablaremos.

Pero antes se cuidaba de cambiar su uniforme como él lo llamaba, en la casa la prima Nieves, que además le guardaba los cariños de la infancia, porque Nicanor, el cura rojo, nació en Hortezuela y luego hizo el seminario en El Burgo. Era mediado el mes de julio cuando siempre marchaba un par de meses a ver a la familia. Poco se imaginaba que en aquel año 36 las cosas no serian igual y que aquella sotana ayudara a más de un republicano perseguido.

No era un campanero el que repicaba la campana de Vildé ni era toque alguno, era llamada general, cuando loca gira sin sentido, incluso más que lo que dé el golpe continuo a la soga, a riesgo de enredarse. Y si el campanero ni iba es por el daño que le hacía a su oído ese desbocado toque, no porque la urgencia no lo requiriera o quizás fuera también por las horas. Lo hacía el vecino que le tocara, por riguroso turno, dormir en el campanario para vigilar el camino.

Desde la victoria del Frente Popular, en Vildé el pueblo decidió estar alerta y se hizo un turno para vigilar que los grupos de fascistas armados no pudieran sorprenderles.

Nicanor se detuvo al oír el replique desbocado.

La campana anunciaba que por la carretera de Navapalos se acercaba un coche y habitualmente venían en uno negro varios falangistas, que bien conocían por los pueblos a la vista de Gormaz. Desde hacía meses rondaban preguntando a alcaldes y gente de derechas. Iban con sus armas que no ocultaban. López, un guardia civil de Soria, y un grupo de falangistas rondaban por toda la provincia dando su propaganda y buscando afiliados y además tomaban buena nota de alcaldes y gentes de la izquierda. Pero lo que asomó por la curva del río fue el camión de suministros, que traía a los pueblos las cervezas y todo tipo de abastos desde Madrid.

Era una Chevrolet de cabina roja y caja de madera que hacía no mucho un comerciante de Fuentepinilla, Francisco Marqués García, había comprado para transportar la cerveza “El Águila” desde Madrid a Soria donde estaba el distribuidor. En esa camioneta llevaba además todos los ultramarinos por los pueblos de la zona, también telas y lanas.

Francisco detuvo la camioneta a la altura de Nicanor y le invitó a subir ya que iba hacia la estación de Hortezuela. “Bueno pues me dejas en el paso que veré a la Nieves” –le dijo. En la cabina también iba el maestro, Gabriel Pérez, que iba a ver su familia a El Royo donde nació y vivían sus padres y hermano. Acortando por el camino del Molino, siguiendo el rio, la camioneta llegó a la estación donde bajó Nicanor. Francisco tomó la saca del correo para dejarla en la oficina de Berlanga. El valle se fue llenando de una columna de polvo dando aviso de que llegaban los abastos, no era necesario anunciarse más.

Donde la Nieves, Nicanor abandonó su sotana y se vistió de paisano, al ponerse su chaqueta, se estiró y respiró hondo. No es que fuera otro, era el mismo, pero allí dejaba ese peso y volvía a la vida. En ese oficio, la Iglesia ya no le retenía, solo los feligreses a los que no podía dar la espalda. A buen paso, marchó hacia el andén. La sotana quedó en un trastero de los ferroviarios, en un armario que la Nieves le había reservado. Ella volvía de comprar en Berlanga, y le saludó a lo lejos.

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