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4.- Mujeres y desaparecidos

          Las mujeres fueron llegando a la estación y preguntaron por la Isabel, la guardabarrera. Hasta la casilla del paso a nivel hay medio kilómetro, lo pone en una placa azul sobre la piedra caliza de sus paredes, siempre por el lado de la vía, para que los maquinistas sepan las distancias cuando hacen las maniobras. El tren seguía resoplando y aquellas mujeres iban por el sendero junto a la vía. Las traviesas huelen a alquitrán que rezuma en verano. Con la mirada buscando siempre algo, aquellas mujeres desconocidas solo sabían que debían preguntar por la Isabel, la guardabarrera.

Ella con su pañuelo en la cabeza, estaba en medio de la carretera, las barreras cerradas, a la espera que el tren pasara. El banderín rojo siempre lo tenía bajo el brazo, no fuera que hubiera que dar el alto si alguien cruzaba a destiempo.

La Isabel se hacía a un lado para hablar con las que las veía venir. Por ella supieron que algunos hombres habían huido hacia Madrid con el Gabino, el Marcelino y el Casiano, pero otros seguían escondidos o habían ido hacia Soria. Poco más se sabía. Se rumoreaba que algunos fueron apareciendo en sus casas, otros estaban detenidos y otros estaban en cementerios de otros pueblos, asesinados en las cunetas y abandonados sus cuerpos a las alimañas.

Cada día, a veces una sola, otros días muchas, aquellas mujeres llegaban en cualquier tren, de mercancías o de viajeros, y marchaban por la carretera a preguntar por sus maridos en la cárcel de El Burgo. Aquellos siete kilómetros los andaban separadas las unas de las otras y a distancia. La carretera se unía al río Ucero y junto a la presa, la fábrica de luz de la Güera seguía funcionado con la fuerza de las aguas. Ellas continuaban sin detenerse mientras los trabajadores las miraban al pasar por las canteras que devoraban el cañón que el río Ucero había formado con tanto esfuerzo. Al llegar al puente romano, a los pies del castillo, frente a Osma se tomaban un descanso.

Allí como si el rumor del agua se lo impusiera, se miraban, sin pronunciar palabra alguna, sin conocerse y solo con los ojos se lo decían todo. Los ecos de sus pensamientos rebotaban en las paredes del cañón: “Los hombres han vuelto y se les pillan los matan.” “Del mío no se nada.” “Dicen que los llevaron a la cárcel.” “Yo solo voy a comprar al mercado –pensaba otra apretándose el cesto y el talego contra el pecho, con más pánico que miedo.” El rumor del agua apagaba sus pensamientos y todas reanudaban el camino, esta vez juntas. En el río quedaron las del pueblo para aclarar la ropa y tenderla al sol sobre la hierba. No levantaron cabeza ni gesto alguno.

                        En El Burgo de Osma, por la calle Mayor, el silencio se pegaba en las paredes, y cuando aparecían los grupos falangistas, era preferible coger otra esquina, porque obligaban al saludo fascista y cantar el “Cara al sol”. Negros los pañuelos en la cabeza, negros los vestidos, ellas se confundieron con las sombras de columnas y portales. Aun así la fuerza de la vida las empujaba porque ellos tenían que estar con vida. La esperanza era más fuerte que la muerte. Si nada habían hecho, si a nadie habían matado… les dejarían marchar.

– “Hicieron lo que les ordenaron  –se decía María mirando a Lorenza que no precisaba de palabras.”

– “Mi Alejandro solo llevaba la máquina y Federico ni eso –se repetía Carmen mientras buscaba donde escabullirse.”

– “Pero llevaban las escopetas» pensaba Luisa mientras doblaba la esquina hacia la plaza del mercado. “Pero, las enterraron.”

Carmen  se metió en un portal, había venido desde Aranda para tener noticias de su marido Alejandro porque el golpe le pilló trabajando en La Rasa, y allí supo por aquellas tres mujeres, la Isabel y las chicas Pepita y Vicenta, que los hombres habían marchado en una máquina hacia el lado republicano. De la noche a la mañana lo perdieron todo, y los falangistas iban cada día a registrar sus casas, sin darle más noticias. Si los fascistas venían cada noche era por que aun les buscaban y estaban vivos, si no es que estarían presos o muertos, o quizás en el frente con la república. Porque  lo del corte de la vía se había conocido hasta en Burgos y había salido en los periódicos republicanos, pero nada en el lado sublevado. A todas ellas y a las familias las perseguían.

A El Burgo antes no había ido nunca, pero a Carmen le habían dicho que a todos los llevaban a esa cárcel. A Alejandro, la Guardia Civil le detuvo cuando intentaba llegar a Soria. Muchos pensaron que las autoridades de la capital eran republicanas. En solo siete días acabó en la cárcel como el resto.

Luisa, más delgada y más alta, con paso decidido,  sabía que a Narciso nada le iban a perdonar y si le cogían le matarían en cualquier cuneta. María la mujer de Esteban cuando pasaron frente a la catedral hacia la plaza, con el pañuelo que recogía el pelo, y al tiempo escondía la cara, no fuera que la vieran y con quien andaba, viniendo de San Esteban cualquiera podría contarlo. Lorenza, la mujer de Victorino, se agarró a su brazo, se conocían desde siempre en el pueblo. En la plaza del Ayuntamiento grupos armados, entraban y salían, llevándose gente. Tuvieron suerte, los falangistas tenían mucho alboroto. Sin detenerse continuaron calle arriba, carretera de Soria, a la cárcel, junto a la plaza de toros. Allí una larga cola de mujeres esperaban junto a la puerta. Un camión bajaba a presos atados y algunos con los ojos vendados. Hombres armados los llevaban al interior de la plaza.

–  “Quiero preguntar si está aquí mi marido –preguntó Luisa a la última mujer de la fila.

            – “Tiene que dar el nombre en la puerta” –le respondió. “De vez en cuando sale un funcionario y dice los nombres de los están o saben algo.”

            Las mujeres como apariciones surgidas del silencio se iban sumando a la hilera y al cabo de una hora, un funcionario abrió la puerta y al punto todas se arremolinaron a su alrededor.

            “Andrés Delgado, no está.” -gritaba. “Abundio Andaluz[1], salió para Soria.” “Mariano González Carracedo, no está…” cuando terminó su lista, el funcionario de prisiones se metió para adentro y cerró la puerta, al tiempo que las mujeres le gritaban los nombres de hombres y mujeres que retumbaban en aquel portal y formaron un griterío, casi una protesta, hasta que unos paisanos armados y con sus camisas azules llegaron desde el cuartel de la Guardia Civil y las echaron entre golpes e insultos.

            Ellas salieron corriendo unos cien metros hacia el pueblo y luego, como sombras que eran, volvieron a la puerta respetando el orden de la fila, algunas llevaban ya varios días a la espera. Unas pocas bajaron a la plaza a buscar un coche que las llevara a la capital. Otras la desesperación las devoraba, de vuelta el camino hacia la estación, esperando ya solo malas noticias. El silencio devoró el rumor del río y la cascada de la presa quedó muda. Aun así el paso era ligero.


[1]    Don Abundio Andaluz, diputado provincial, oriundo de Almazán y vecino de El Burgo de Osma. Sus hermanas alquilaron el taxi de Vicente del Pino Alonso, para trasladarse a Soria, donde los falangistas dijeron que llevarían al señor Andaluz. Antes de llegar a Calatañazor vieron ya de vuelta el coche en que fue montado el infortunado don Abundio, ya sin él. No se atrevieron a preguntar nada, aunque ya, por supuesto, sospecharon lo sucedido. A los dos o tres días apareció su cadáver. ( “La represión en Soria durante la guerra civil” Gregorio Herrero Balsa y Antonio Hernández García.)

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