Sin categoría

1.2.-El Charraman, jefe de la Matona

Desde el Alto de las Bodegas de Osma se llegaba a ver Uxama, las ruinas de la ciudad donde resistieron heroicos arévacos a la invasión romana. Charraman se lo decía a los niños cuando salía de mañana. Cogía su camisa azul que cada día se la hacía lavar y planchar a la mujer, especialmente esos días, que salía con su correaje, al cinto llevaba la pistola y al hombro la escopeta. Su moral se resentía por llevar escopeta que no fusil y sobre todo, salir de noche aún a escondidas para hacer la justicia que otros no querían hacer.

Su casa era de adobe pero con buenos sillares y el pórtico de grandes piedras sacadas seguramente de las canteras camino de la mina que él bien conocía, con dos plantas y menos ventanas. Aprovechando los desniveles de la montaña, desde la misma casa se entraba a la bodega, donde además había hecho un buen cuarto, con el lagar para el vino que él mismo hacía de las uvas de algunas viñas en la ladera y de las parras que en su misma puerta cuidaba como un tesoro. Decía que le daban el gusto al vino.

Al salir, aquella mañana se paró como siempre para ver como los racimos ya cogían cuerpo, aun poco color. Una semana, solo quedaba una semana para la vendimia, o quizás un poco más, según como viniera el tiempo, porque en las tierras de Soria el verano se escapa a mediados de agosto y con septiembre asoman los otoños. Las hojas de los chopos palidecen frente a los verdes hasta teñir de amarillos los campos. El Charraman llegaba a ver el camino y la carretera a El Burgo.

El crepúsculo avanzaba sobre el castillo de Osma, que desde su puerta se perfilaba abriendo las primeras luces del cañón del río Ucero. Cerró la puerta e hinchó su pecho. “A la tarea –pensó- que a las siete me esperan en la plaza”. Cogió el camino hacia abajo hasta llegar a la iglesia, cruzó el puente romano y, a buen paso, derecho llegó hasta la catedral, frente a la que rodilla en tierra se santiguó. Luego siguió por los soportales.

Las campanas tocaban a pastores también en un domingo, como este, que las calles estaban vacías. Hábitos del campanero que ya nadie ni los pastores atendían.

Los burguenses de pro nunca se levantaron pronto, porque eran comerciantes y banqueros, prestamistas y usureros. Hoy todos a misa y así menos ruido y menos ojos. Calle Mayor arriba, bajo los soportales, llegó hasta la plaza del ayuntamiento. Solo la fuente sin agua le esperaba y se sentó en su borde.

Allí estaba el camión que él siempre conducía. Las mantas manchadas de sangre estaban amontonadas en la trasera de carga. Dio un repaso a las ruedas y esperó apoyado en el escalón del conductor. Por una esquina pasó un hombre que entonces no reconoció pero luego repensando identificó como Juanito Sancho, ese jovenzuelo de La Rasa, con el que tuvo algunas palabras en las fiestas de San Antonio.

Por la calle Mayor entró un coche negro que bien conocía.

Deja una respuesta