De algún modo se sabía, y el secreto se guardaba porque en ello iba la vida. La Isabel conocía los nombres de muchos presos y detenidos en El Burgo, por lo que unas y otras le decían. A nadie se lo contó pero tenía un papel, con unos garabatos. Ella casi dibujaba más que escribía las letras, una tras otra. Despacio el lápiz recorría un papel manchado por el carbón de las manos, y entre borrones apenas se podía apreciar, una jota que era la de Julián, o la N que era de Nicanor, así lo recordaba en su lista que ya era casi imaginaria, porque tras cada letra veía la imagen de un hombre que ya no estaba o el de una mujer que no dejaba de buscarle. En la otra cara había una lista de nombres que no conocía.
Por el paso a nivel cruzaban las vías los soldados y los guardias, los seminaristas y los fascistas, muchos presos y sus mujeres. La gente del pueblo antes atravesaba cruzando sin dar tanto rodeo. El paso era de todos y a la guardesa todo el mundo la conocía y muchos la saludaban. Como los ferroviarios habían huido los soldados preguntaban los horarios porque sobre la llegada de los trenes en aquellos días nada se sabía con certeza. Pero ella tenía la relación de trenes de cada día que el jefe le llevaba a primera hora. No era su cometido, pero por la falta de personal debía hacer los cambios de agujas para dirigir a los apartaderos los trenes cargados de tropas y bombas.
En aquel mes de agosto del 37, una hilera de presos, atados por la cintura, bajaban por la carretera. Se les veía venir primero en el alto, como puntos vivos de seres que bajaban hasta ocultarse entre la espesura de encinas y chaparros. El rumor de sus pasos de pies descalzos, si acaso zapatillas y, menos aun, zapatos, se crecía a medida que llegaban a las casas de la estación. Al doblar la esquina del Bar y la Tienda, la Isabel ya les veía. A algunos presos les conocía pero también a algunos de sus guardianes que eran gente de Osma y de otros pueblos, con sus camisas azules y botas, con escopetas y pocos fusiles, con ellos algún guardia civil de uniforme.

Gabino, Isabel y Josefina
Tenía la orden de mantener siempre cerradas las barreras y allí establecieron un puesto de soldados que hacían sus guardias. Al principio eran españoles, luego italianos y alemanes. La estación se había llenado de trenes con maquinaria para mover tierras y por lo que se decía los presos iban para construir un aeródromo en las tierras de la finca de la Azucarera. Era zona militar y por esa razón ya nadie pasaba sin estar autorizado.
La larga fila de presos llegó y se detuvo frente a los soldados. La Isabel esperó hasta que le ordenaron que les dejara pasar y solo entonces abrió una de las hojas de la barrera. Así pudo verles la cara a todos ellos. En su cabeza guardaba sus rostros porque luego mujeres desesperadas la buscarían y le mostrarían sus fotos. Muchos de ellos no entendían porque aquella mujer les miraba fijamente. Muchos de ellos estaban ausentes y ella no podía guardar los detalles de cada rostro.
Los presos fueron sentándose al otro lado donde habían descargado palas y picos y algunas carretillas llenas de sacos terreros. Un grupo de soldados que dirigían las obras les ordenaron coger las herramientas y los llevaron por la carretera de Pedraja, paralela al Duero, cerca de las “Casas de abajo”, donde siempre vivieron los pastores. Del polvo que levantaban los tractores se deducía que la pista era para aviones.
No se explica cómo pasó, pero fue ya en el mes de agosto de 1937, era martes y la Isabel libraba. Era el día de la semana que de costumbre, antes cuando no había guerra, iba muy de mañana andando hasta El Burgo. A la vuelta del bar subió la cuesta por las casas de arriba, la piedra caliza que daba cuerpo a la calzada se resentía por el estío y blanqueaba sus zapatillas. Luego siempre antes de llegar, las sacudía el polvo.
Con su paso ligero en menos de una hora se hacía los siete kilómetros hasta el mercado de Osma, donde los labriegos solían poner sus puestos a los muros de las huertas, casi al borde mismo de las casas. Cuando llegaba al alto, se paraba a mirar el valle, era su costumbre. Ya nada se parecía, nada era como antes. En dos años la tierra tranquila se había mudado. A un lado quedaba el Duero, la vía del tren venía con el valle, a ratos junto al rio. La tierra antes sembrada de remolacha, ahora era una explanada donde los aviones italianos despegaban. Desde allí se les veía llegar a lo lejos hasta tocar la arena de la pista.
En la estación los soldados iban y venían de sus tiendas y chozas instaladas en la misma estación y en los muelles. Algunos camiones llegaban desde San Esteban. Los campos se habían llenado de rodadas y los soldados descargaban de unos vagones lo que parecían cuerpos de aviones, en otros las alas y ruedas.
La aviación legionaria italiana había ocupado el pueblo. Los presos habían construido la pista del aeródromo y desde allí los aviones Chirris bombardearon Brihuega. La estación hasta la propia casilla estaba rodeada de bombas. De pronto la tierra era ajena y aquellos aparatos voladores nunca antes vistos se habían asentado entre polvo y estruendo. Algunas bombas republicanas habían caído. La guerra que no había pasado por el pueblo apareció por los aires.
La Isabel dejó de mirar y bajó hacia el llano, el rio Ucero seguía su curso, al fondo en la Güera, la fábrica de luz seguía en pie, blancas sus paredes y mandando el rumor de las aguas al forzar las palas de su molino. La presa le regalaba el agua y también al canal del regadío de la Azucarera, aun así el cauce era generoso.
No fue un gesto, fue solo un pensamiento que se adivinaba en sus ojos, lo que la empujó a continuar su paso, uno tras otro, más y más ligero. Como si fuera una huida, como si al llegar al cañón del rio y al puente todo podría ser distinto. Pero en aquel llano de poco más de tres kilómetros apareció una sombra alargada que fue creciendo. Quizás los ojos con el aire se le habían llenado de aguas. Echando el cuerpo hacia adelante para ver aún un poco más, al fin vio que eran los presos en fila que venían, conducidos al frente por dos guardias civiles que apuntaban con los mosquetones y otras gentes que les escoltaban con escopetas de caza. Cuando se cruzaron la Isabel se detuvo a un lado.
Pasaban como si no la vieran, como si no existiera. Se dio cuenta de que algunos eran de Langa de Duero, y alguna cara le resultó conocida de otros días en el paso, cuando bajaban a trabajar en las pistas. Venían de la cárcel de El Burgo. A veces con los ojos parecían querer preguntar, quizás decir algo.
Aun quedaba media fila por pasar cuando uno pareció tropezar arrastrando a su compañero de cordel y el resto sin detenerse a tiempo caer en un remolino. Los guardias vinieron a golpearles con las culatas. Frente a ella un joven cayó. Una piedra envuelta rodó a sus pies, la empujo hacia la cuneta y continuó su camino. Después de insultos y golpes los guardias recondujeron la fila y continuaron la marcha.
Al ritmo de sus pasos Isabel en su cabeza se puso a contar “uno, dos, tres… “ y luego “una vez, cincuenta…” y de nuevo “uno, dos, tres…” “ dos veces cincuenta…” “ tres veces cincuenta…”
Ya andaba distanciada, cerca de la Güera, y sin mirar atrás cruzó el puente al otro lado del rio Ucero, donde los cerros le encierran en un cañón de piedra caliza. El eco recogió su respiración como queja desesperada. Hasta allí fueron ocho veces, cincuenta.
Al llegar al puente romano se detuvo de nuevo: las mujeres aclaraban la ropa en el rio y luego la extendían sobre la hierba. En La Rasa había lavadero techado, que la finca había construido para los trabajadores pero que dejaban que también lo usaran las mujeres de las “casas de arriba”, las de los ferroviarios y algunos campesinos. El agua también era fría y en invierno el hielo había que romperle, pero al menos estaban resguardadas de la lluvia, del viento, del frio y del calor.
Con la guerra era tiempo en el que al pasar ya no había saludos y poca o ninguna conversación. Osma era su pueblo y todas la conocían, y por eso sabían que sus hombres estaban al otro lado, y que les perseguían. Separada un poco del grupo, estaba Francisca, la mujer del Charraman, tendía su ropa y se quejaba de las camisas, por que las manchas no salían ni puestas al sol. Al pasar a su lado la Isabel se detuvo y fijó en ella sus ojos y sus pensamientos atravesaron a la Francisca que echó la ropa al cesto y marchó para el pueblo. La Isabel no dejó de mirarla hasta que se perdió en la esquina de la Iglesia. Si aquella no hubiera estado quizás se hubiera acercado al cementerio de Osma, a cuidar la pequeña cruz de hierro que marcaba el recuerdo de la madre, único que guardaba en su vida, los otros los borró de la cabeza. Se apoyó en la baranda de piedra para retomar el aliento y después continuó hacia el seminario.
Pasada la Torre del Agua, siempre miraba a la Cruz del Siglo y se persignaba, pero nunca se detenía. No era de procesiones pero si del Cristo. A la iglesia iba, porque el cura la mirara bien, que tan necesario era en esos días, porque otros se ocultaban a su paso para no señalarse.
Ahora el seminario estaba lleno de soldados italianos. Todos estaban sentados en las puertas. Recogió el pelo con el pañuelo que negro era como toda su ropa, que no dejo ni para las segundas nupcias con Gabino. De lo que la decían nada entendía, pero ellos sabían que era la del paso, que tenía dos mozas que no hacían al trato como otras.
-“Isabela, para, para, queremos parlare…” Otros salieron cantando brazo en alto.
La Isabel, corrió hasta la capilla, allí había un grupo de mujeres y se metió entre ellas. Se agachó junto a su bolsa para atar la zapatilla, pero los soldados desistieron.
Bajo los soportales de la calle Mayor, había algunos puestos con algunas cebollas y patatas, té del cerro, tomillos, a días harina, y nunca chicoria, garbanzos y lentejas. El tío Alejandro algo le guardaba de lo que cogía en la huerta. Conseguir algo de tocino o judías era más que un festejo incluso para ella que aun llegaba a cobrar de su trabajo. Los huevos solo tenían cuando la abuela les vendía.
En la esquina un grupo de mujeres se disputaban conseguir algo de carne de cordero, que colgado lo despiezaba el matarife. Alguna era más que las otras porque cuando aparecían el resto se apartaba y el carnicero le daba su paquete, era para el señor obispo, que disponía de medios aún más que las mujeres de los militares y falangistas. Y así se distinguía bien la posición en aquellos días. Por el centro de la calle pasó el coche negro de Marques y el Charraman, ya de vuelta de sus faenas. La Isabel se volvió no fuera a ser que la vieran. Hoy el Alejandro no estaba y poco llevaría a casa. Al regresar pasaría por Osma para verles, por si algo pasaba.
Subió hacia la cárcel y se acercó al grupo de mujeres que esperaban. Algunas eran de las habituales, que ya cumplían condena o esperaban juicio. La Rosario tenía el marido preso porque regresó después de esconderse en el monte y le llevaba un hatillo con ropa y algo de comida, pasaba todos los días y muchos se tenía que volver porque no le cogían nada. La Isabel le comentó que había visto a algunos de Langa en la fila. Rosario la cogió del brazo y la llevó junto al grupo de sus mujeres.
En Langa mataron al Gallego, ya jubilado del ferrocarril y que de vez en cuando cogía el tren a La Rasa. Pero ya pasado un año los fascistas volvieron, tomaron el pueblo y se llevaron a más de ochenta entre hombres y mujeres.
Sentadas al otro lado de la carretera a cierta distancia de la cárcel miraban como la Isabel se acercaba. Compartían algo de comida, todas con el luto por seña y por duelo. Ahora sus hombres estaban vivos pero les esperaban sentencias y años de encierro. El pañuelo tapaba el rapado de pelo. Otras con peor suerte estaban en la cárcel de Soria. Felisa se levantó del grupo y se abrazó a la Isabel.
Así sin llegar a romper el abrazo le fue contando lo que hace una semana pasó en Langa.
“Más de treinta vinieron con camiones, encerraron en sus casas a todo el pueblo, preguntaban con listas. Se llevaron a hombres y mujeres. Mira como me dejaron -se quitó el pañuelo- y aún tuve suerte que a otras también les dieron ricino. Sin razón ni explicación, Isabel, sin razón alguna. A ellos como a mi Andrés les llevaron solo por ir al Centro Republicano. Pensé que los fusiladores nos mataban allí mismo, en la plaza.”
Julia, Petra, Baltasara, la Severiana también estaban allí. De nuevo el mundo se rompía. En la cabeza de la Isabel aquel mal sueño no terminaría nunca.
Una a otra se interrumpían para contarle lo sucedido. Poder hablar con alguien era solo lo que pedían.
“Es lo que puedo deciros. Les bajan todos los días a trabajar a La Rasa”, bastó para que aquellos ojos se iluminaran. “pero no debéis ir juntas, solo una, y algún día. Hay soldados en la barrera”. “Vienen muy temprano y se van con el sol. Ya os mando recado.”
La Isabel volvió a cerrar el gesto para que ningún pensamiento se escapara, cogió la bolsa y bajó camino de Osma. Al pasar por la puerta de los primos, vio al Alejandro en la huerta que le hacía señas de que siguiera. Los militares habían ocupado una habitación por orden del alcalde y mejor ya no subir, para evitar líos.
Pasó sin detenerse. Hoy no había para pan negro así que tampoco se detuvo en el panadero. Las mujeres ya estaban en casa con la comida, la ropa quedó tendida al sol como una alfombra blanca. Tomó por el camino junto al rio y al llegar a la fábrica de luz, de nuevo se puso a contar sus pasos, ocho veces cincuenta.
Nadie se veía venir y al terminar la cuenta, se detuvo y rebuscó en la cuneta. Allí estaba la piedra medio envuelta. Se agachó, la metió en la bolsa y continuó el camino.
Las chicas estaban en la casa de arriba, donde la abuela. Cerca del monte, en la “tierra” al Gabino le habían dejado unos surcos para cultivar. El cigüeño estaba cerca, era de esos abiertos, porque agua no faltaba, y con el fuste de horquilla y el contrapeso de una piedra, tirando de la vara se sacaba el agua cubo a cubo. Allí fue a buscar a las chicas, porque el día que libraba no se podían quedar en la casilla del paso. Allí las encontró sacando el agua para regar una a una las matas ya crecidas de las patatas, que era lo que más plantaban. Algunas judías y ajos para otros dos surcos era todo. Este año había demasiados soldados que nada respetaban. Los hombres antes iban de caza y conejos y codornices no faltaban. Ahora tener una escopeta y cargar cartuchos era demasiado riesgo y así la vida se hizo aun más difícil. Porque cuando ellos marcharon a la República dejaron a los primos las escopetas y ellos las enterraron.
La Isabel no se puso con ellas a acabar el riego, se sentó a cierta distancia junto al lagar de la bodega, allá por septiembre recogían la uva, pero los tordos hacían de las suyas y también ellas iban por las tardes a levantarles golpeando chapas y cubos viejos.
Dejó la bolsa y sacó aquella piedra envuelta en un trapo que ocultaba un pedazo de papel bien doblado.
Allí estaban no menos de veinte nombres. “Somos de Langa, presos en El Burgo.” Sus ojos se abrieron, mirando en todas direcciones, bien sabia que en el campo todos los ojos te ven.
Para leer aquello no hacía falta tener más letras que las que ella sabía. Aun así leyó y releyó los nombres. Después fue hacia las chicas y nada les dijo. Juntas fueron al chozo, en el que vivieron con la madre Vicenta. Allí habían acoplado las pocas cosas que pudieron traerse cuando los soldados las echaron la casa. En el caldero, arrimado a las ascuas de la lumbre de la chimenea, humeaba el caldo con patatas y unos trozos de cordero, los garbanzos ya se reconocían uno a uno. La abuela les trajo medio conejo que había caído en los lazos.
Por las bocas de Boquin, entre los dos cerros, esta tarde cogerían el camino siguiendo el rio. Habían puesto soldados en el puente de hierro del ferrocarril, después si les dejaban cruzaban el puente sobre el Duero a Navapalos. Quizás ya hubiera fruta, que allí bien se daban las ciruelas, las guindas y las manzanas.
Las tres mujeres se andaron el monte de encinas sin dejarse ver, no había soldados aunque se oía mucho movimiento en el aeródromo. Los aviones iban y venían. Por la chopera llegaron al puente del Duero, esperaron a que hicieran el cambio de guardia, para lo que los soldados marchaban por la carretera hasta el puesto que tenían al final de la pista. Cruzaron las tres cuando vieron que desaparecían. El rio bajaba lleno y la chorrera no se veía. Turbias bajaban las aguas por las tormentas que caigan más al norte, por Berlanga.
Antes todos estaban prestos a vender algo de la fruta, pero ahora todo era recelo. Así se sentaron en la huerta y varios bajaron al trato. Antes de la guerra, las mujeres en esos días formaban una romería a por fruta, y a la ida entre charlas y juegos los cuatro kilómetros eran un paseo. La vuelta cargadas las cestas se hacía largo y cansado.
Bien que conocían al Andrés y al Luciano y ellos también a ellas, de otros años. Las ciruelas estaban aun verdes pero ya madurarían. Aunque el calor había apretado aún era pronto. La Isabel les pidió patatas y cebollas, pero nada tenían aunque si algunas zanahorias. Lo que si llevaron fueron las últimas guindas, porque del pueblo nadie se había acercado desde que pusieron el aeródromo. Todo lo habían llevado a vender a Vildé y Berlanga.
Con los dos cestos regresaron al puente y los soldados no habían vuelto y aun así cruzaron, porque de lo contrario, hubieran tenido que esperar al menos cuatro horas, a un nuevo relevo. Ya bajaban al otro lado de la orilla cuando se les vio asomar por el barracón de la tropa. Se escondieron en la chopera, a la orilla del rio. Los soldados se habían hecho una garita en el lado de Navapalos.
En los primeros meses, los falangistas habían colocado explosivos en el puente, por temor a una ofensiva republicana, pero ahora ya las tropas de Franco se habían asegurado frente a Guadalajara, para allá fueron los trenes cargados de soldados italianos. Allí iban y venían los cazas y bombarderos desde La Rasa. La guerra les cambió cuando regresaban en trenes los heridos y muertos.
Aun quedaba camino que ahora a través del monte era más penoso que antes en la carretera entre cantos e historias de las mujeres.