Marcelino Camacho escribió este artículo en diciembre de 1966; las condiciones concretas varían, pero muchos de los problemas de fondo permanecen y algunos empeoran. No son cinco, sino cuatro, los bancos que controlan la economía, de los que nadie habla en momentos de crisis como ahora la vivienda. En este artículo, el presente de los años sesenta es lo inmediato y la conquista de las libertades (en el artículo se escribe entre líneas para superar la censura franquista) y para el futuro plantea el desarrollo de la acción sindical en la empresa, no solo en lo económico, sino en la propia gestión empresarial. Se apunta a un sindicalismo para una sociedad socialmente avanzada que supere el capitalismo.

Presente y futuro del sindicalismo
«Cualquier planteamiento serio, hecho desde el ángulo del mundo del trabajo, tiene que partir de una realidad insoslayable: la de que CINCO grandes bancos controlan más del 60% de la vida económica del país. (Hoy son cuatro)
El sistema oligopolítico creado, partiendo de esta dominación económica, dirige las estructuras y superestructuras político culturales de la Sociedad Española.
Como necesidad lógica, para concentrar tantos recursos en tan pocas manos, se ha tenido que suprimir la libertad de poder defender sus intereses e ideas a la mayoría de víctimas, y acumular el máximo de poderes, de libertad sin límites de unos pocos victimarios.
Esta interpretación realista, aunque esquemática, nos conduce de la mano a un segundo planteamiento: el de que, si queremos transformar esta situación, no tenemos otra salida que crear los medios, la fuerza que transformen estas estructuras. Y el motor que mueva estos medios, esta fuerza, no puede ser otro que la clase obrera unida.
Un movimiento sindical no puede mantenerse unido más que si es autónomo de todos los partidos políticos sin excepción, autonomía que no roza para nada, sino que respeta la forma de pensar de sus miembros.
Sin caer en un apoliticismo de vía estrecha, debe comprender que la libertad sindical forma parte inseparable de las libertades democráticas, que la clase obrera no puede encerrarse en un «gueto».
Estableciendo clara e independientemente su programa, puede y debe, sin convertirse en un apéndice de nadie, llegar a apoyar a quienes se comprometen a realizarlo, por coincidir con sus intereses.
Las Comisiones Obreras que parten de estas premisas, actúan (y de ahí sus grandes éxitos, su extensión hasta constituir la fuerza fundamental de la oposición a las estructuras sindicales) entre lo lícito y lo legal para poder defender hoy ya las reivindicaciones de los trabajadores, madurando su conciencia de clase gradualmente hasta obtener un sindicalismo obrero y democrático.
Lucha reivindicativa y elevación de su conciencia, son inseparables. Para asegurar el éxito de ambos, la Unidad de la Clase Obrera es imprescindible.
Yo comprendo que el pluralismo político pueda ser imprescindible a la democracia en Occidente. Pero nadie puede decir, sin faltar a la verdad, que el plurisindicalismo es vital para la libertad; al contrario, se puede asegurar que es nefasto para la democracia socioeconómica y, sin esta, la democracia política dejará mucho que desear.
¿Quién acusaría de «totalitarismo» a alemanes occidentales, ingleses o norteamericanos por estar UNIDOS (en lo fundamental) SINDICALMENTE, sus trabajadores?
La unidad sindical, basada en la libertad y la independencia con respecto a los grupos políticos o económicos, es imprescindible para obtener primero y salvaguardar, después, las libertades sindicales y las reivindicaciones socio-económicas.
Esta unidad es la condición «sine qua non» del nuevo equilibrio de fuerzas, en la época de las grandes concentraciones financieras.
UNIDAD EN LA LIBERTAD E INDEPENDENCIA del Movimiento Obrero, que no excluye, sino que presupone la colaboración con otras capas laboriosas de la sociedad por objetivos comunes y en pie de igualdad.
Por una democracia, no solo política, sino SOCIOECONÓMICA, también.
Comprendemos que hablar de libertades, de reivindicaciones o de control o autogestión, es mera palabrería si antes no hemos forjado un potente movimiento sindical de clase.
Como ya lo indicamos anteriormente, las Comisiones Obreras parten de que no se concibe ningún sindicalismo que no sea, en parte, reivindicativo; que solamente la acción de masas puede imponer el éxito de las reivindicaciones, que no se concibe ningún movimiento de masas que sea clandestino o que se le quiera arrinconar en la clandestinidad; y que sólo la acción gradual, elevándose tanto cuantitativa como cualitativamente, nos llevará de inmediato a defender nuestro pan de cada día, y por esta vía, a la toma de conciencia de la Clase y más tarde a UN SINDICALISMO OBRERO DEMOCRATICO, que sobre la base de la libertad y el respeto a las tendencias, actuando UNIDO, concentre su fuerza para Grandes transformaciones de carácter socializante,…
…sobre todo de los principales medios de producción, hoy en manos de los Monopolios.
Actuando entre lo lícito y lo legal, hoy preparamos ya las grandes Asambleas y Congresos Obreros Libres, que darán vida a ese sindicalismo obrero que nadie nos va a regalar.
Así, pues, nos encaminamos, en una primera etapa, hacia la conquista de las libertades sindicales y hacia un proceso, en cierto grado, de un control social económico, en la segunda; etapas que pueden conducirnos hacia una autogestión compatible con la imprescindible planificación que no caiga en el burocratismo antidemocrático.
En concordancia con este proceso, el trabajador consciente, reconociendo la necesidad de la aportación de otras capas sociales, considera que su participación debe orientarse hacia esa «necesidad» de un sindicalismo vigoroso al servicio del mundo del trabajo y elemento imprescindible en un país en vía de desarrollo, de fuerte concentración monopolística.
La independencia y la autenticidad sindical son las condiciones previas para una actuación sustancial del hombre del trabajo en las condiciones concretas de la organización socioeconómica de nuestra sociedad.
El capitalismo industrial avanzado tiene tendencia a predeterminar, en función de un cierto programa de inversiones y de una política de ventas, no solo la organización del trabajo, los tiempos de producción y las cadencias, sino además el nivel de los salarios (estos pasan a ser parte integrante del plan de producción) al escalón de la empresa y, en muchos casos, al escalón nacional.
La acción sindical no puede, en consecuencia, conservar su autonomía real más que si ella coincide con la capacidad creciente del sindicalismo para hacer gravitar el peso de su acción reivindicativa, no solo sobre los afectos de la gestión, sobre la condición obrera y sobre los resultados económicos de esta gestión, sino sobre esas decisiones mismas en el momento en que ellas se determinan.
En este momento crucial en el que el sindicato puede esperar conquistar no solamente una retribución obrera correspondiente a las modificaciones previsibles de las condiciones del trabajo, sino también a una negociación de esas condiciones mismas. En función de los intereses obreros (de su nivel de empleo, de su necesidad de reposo, de su salud, de sus intereses profesionales, etc.).
El sindicato debe lograr el reconocimiento legal de su plena autonomía de acción y obtener la negociación de una parte de su salario, no en relación con los resultados de la gestión de la empresa (donde el rendimiento obrero es siempre una expresión), sino en los momentos o relaciones que preceden y determinen la gestión misma.
Lo que es importante subrayar en este aspecto son los lazos que una política de salarios de esta naturaleza tiende a establecer entre la acción reivindicativa y la acción para afirmar ciertas formas de control obrero sobre la gestión de empresas. En los desarrollos posibles de esta política de salarios, se puede ver, en efecto, una tendencia del sindicato —en tanto que fuerza operante— a la predeterminación y reparto de la renta de la empresa, por el condicionamiento de la política de inversiones y de sus repercusiones sociales.
Ya no existe alternativa entre un sindicalismo puro, que limita su acción a la defensa de los intereses económicos y profesionales de los trabajadores, y un sindicalismo que se oriente, de una manera más o menos voluntaria, hacia los problemas de gestión. Se trata, sobre todo, de una alternativa entre un Sindicalismo que se integre en un sistema dado de gestión y que acepte como medida de su acción reivindicativa no los problemas reales de la Clase Obrera, sino las posibilidades ofrecidas por una política de gestión determinada, por un lado; y por otro, un sindicalismo que por ser realmente autónomo, cobra conciencia de su poder de negociación y concreta sus recursos (si quiere subsistir) sobre la zona de decisión, poder y autonomía de la gestión capitalista.»
Madrid 12-12-66
M. Camacho
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