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Los chicos del San Isidro salimos de la cárcel

En un día como hoy, los chicos del Instituto San Isidro salíamos de la cárcel de Carabanchel. Los presos políticos en esos días estaban en huelga de hambre. Era el año 1969, 19 de mayo. Sucedió que estando en la celda, sin otro aviso previo, llegaron los funcionarios para anunciarme que salía en libertad. Llevaba tres días sin comer y el cuerpo estaba como débil y enfermo. Con mi padre hablaba ya que estaba, tambien aislado, en la celda contigua. El sistema para hablar era sencillo. Se vaciaba el agua de la taza del water y él hacía lo mismo. El sonido llegaba a traves de las bajantes de aguas sucias.

«Papá, que me sacan en libertad» le dije. Y a los pocos minutos, apareció en la puerta. El funcionario de la galería le había abierto su celda.

En las huelgas de hambre, nada más comunicar que no comías, te metían en una celda de aislamiento. Yo estaba con el grupo de presos políticos de la Sexta Galería. Así además de mi padre, Marcelino Camacho también estaba Julián Ariza y otros 19 más. Aquella huelga se realizó contra las condiciones carcelarias que habían empeorado. Llevábamos meses en huelga de comunicaciones con la familia. Nos habían reformado los locutorios y habían puesto micrófonos para grabar las conversaciones. También en la Tercera Galería, donde estaban la mayoría de los políticos entre ellos mis compañeros detenidos del San Isidro, las condiciones habían empeorado.

No podría contar, aún no puedo, lo que sentía al dejar a mi padre en la cárcel y al tiempo recuperar la libertad. Hacía más de dos años que estaba preso y sabía que su salida estaría muy lejos. Había pasado de verle desde fuera, al otro lado de las rejas, a estar todos los días en la misma celda. A los 16 años, y en aquella situación su falta se me hacía difícil. Reencontrarle físicamente había sido como recuperar el tiempo que el franquismo nos había robado. Sabía que él estaba preocupado por cómo a esa edad habría yo asumido la situación. Hay que decir que aquellos tres meses sirvieron para que él comprendiera que nada tenía que temer y para mi consolidar la unión no solo emocional sino en la lucha por la libertad. Un sello tan profundo que no se rompería nunca y pervive hoy.

Me ayudó a recoger algunas cosas. Me aconsejó para como retomar la comida después de la huelga de hambre. “No se puede más que tomar líquidos y solo purés ligeros durante varios días para evitar perforaciones de estomago”, me repetía. En la cárcel de Segovia, Diego Mario Capote, minero asturiano, falleció tras una huelga de hambre y con una ulcera sangrante por falta de atención médica carcelaria.

Recogí las cuatro cosas, más allá de los cuadernos y la ropa, que metí en la taleguilla blanca. Un abrazo y dos besos, mientras los funcionario nos metían prisa y marché por el pasillo abalconado que daba a las celdas del primer piso. Volví a mirar y los funcionarios abrían su celda y le apresuraban a que entrara para volver a encerrarle. Él me seguía con la mirada. ¿Alguien podría quitarse de la cabeza esa imagen? Así fue la vida carcelaria, en aquella ocasión con la suerte de estar juntos y con el precio de perder la libertad. Sí, así hemos construido el valor de la libertad los miles de presos políticos que dejaron la vida por esta democracia que hoy pierde valor en manos de la ultraderecha y de seres ignorantes del peligro del fascismo.

El camino desde la sexta galería hasta las comunicaciones de jueces, donde nos comunicaban la libertad y nos devolvían nuestros documentos y enseres retenidos, ese camino lo conocía. Y después de más de una hora, al fin pasamos todos los rastrillos (controles de identidad tras cada galería) y por último ya a la calle.

Allí estaba Josefina Samper, mi madre, y muchos compañeros del Instituto, que allí mismo me devolvieron los cuadernos que la policía no permitió que me llevara cuando me detuvieron en medio de la clase.

Aquel año de Preuniversitario en el Instituto, habíamos trabajado duro recogiendo papel de periódicos y organizando bailes en el centro, para ayudar a pagar el viaje de fin de curso a Italia, que para mi quedó pendiente para siempre. Ellos allí mismo a las puertas de la cárcel me contaban su viaje.

Los compañeros de la Unión Democrática de Estudiantes de Enseñanza Media, en pleno Estado de Excepción de 1969, habíamos pasado trece días en la Dirección General de Seguridad, sede central de tortura (hoy presidencia de la Comunidad de Madrid en la Puerta el Sol madrileña). Fueron días de interrogatorios, golpes y torturas y después cerca de tres meses en la cárcel. Pero salimos triunfantes frente a la dictadura y nadie nos podrá nunca decir qué significa la palabra LIBERTAD.

Aquellos que quieran, en Institutos, hoy para los jóvenes como lo eramos nosotros, les podemos explicar cómo fue aquello. Para que no se equivoquen y vayan a votar a los fascistas.

Izda. a Dcha.: Antonio Camarero Gea, detenido con 17 años. Marcelo Camacho Samper, detenido con 16 años. José Manuel Poyato, detenido con 16 años. Lorenzo Villanúa Bernaes, detenido con 16 años. Ruben Villa Benayas, detenido con 15 años. No aparecen: Santiago Lago Aranda detenido con 16 años. José Montoya Torrecilla, detenido con 15 años. Luis Serrano Roca, detenido con 16 años.

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