Aquel día partieron y no quedaba otra alternativa, había que elegir entre la vida o la muerte. Marcharon y ellas quedaron, rodeadas del miedo y la incertidumbre que se había extendido en pocas horas.
El ambiente de aquellos últimos meses no anunciaba nada bueno. A Marcelino los seminaristas del Burgo le amenazaron cada vez que pasaba con su bici por la calles de El Burgo. La derecha no asumió su derrota y ya tenía sus planes para cambiar el gobierno de la izquierda mediante un golpe de mano.
Gabino había sido interventor del Frente Popular. En la manifestación que hicieron por las calles de El Burgo de Osma al día siguiente de las votaciones, las chicas llevaron las banderas.
Aquella mañana, el Charraman bien que tomó nota y todos los rencores los fue guardando para el día del gran golpe. Las listas de nombres y pueblos crecieron. El terreno se había preparado de antemano.
Era la noche y el Charraman no cogía el sueño. Bien sabía que el triunfo militar era seguro pero ademas había que reducir a los de izquierdas en cada pueblo y en cada aldea y para eso no quedaba otra alternativa que ir uno a uno tras ellos y sembrar el terror para que de sus semillas nada fuera a crecer. Así lo habían hablado y los planes ya estaban decididos.
En la Instrucción Reservada del General Mola estaba claro. “Es la cinco, es la cinco -repasaba en su memoria con la mirada fija en aquel techo pintado con cal- es la Base 5ª y dice: Es necesario crear una atmósfera de terror, hay que dejar sensación de dominio eliminando sin escrúpulos ni vacilación a todo el que no piense como nosotros. Tenemos que causar una gran impresión, todo aquel que sea abierta o secretamente defensor del Frente Popular debe ser fusilado. Tenemos que causar gran impresión, tenemos…” y con esa idea el sueño le atrapó.
Lo primero a la Rusia Chica, que así llamaban a La Rasa, había que acabar con la Rusia Chica, porque ferroviarios y braceros del campo se habían organizado en la UGT, y comunistas y anarquistas repartían su propaganda. Ellos habían preparado los candidatos, se reunían en las canteras y traían las instrucciones desde Aranda de Duero. Después Berlanga, San Esteban, la lista era larga.
Los últimos trenes pasaron el mismo día 18 de julio, pero el domingo pasó en silencio con los vecinos en sus casas. No hubo misa en la Iglesia a pesar de que algunas mujeres esperaron al cura. Parecía día de libranza y los fogoneros se levantaron tarde para ojear que la caldera de la maquina no se apagara. Los ferroviarios iban y venían desde la estación.
Isabel, inquieta, se asomaba por si algún convoy viniera aun sin aviso alguno. Tampoco bajó al tren el Racano, el autobús que hacia el recorrido a El Burgo. Junto a las vías, la cantina que daba bebidas y un alivio a los viajeros del Correo o el expreso, que a eso de la una se cruzaban en la estación, estaba con el cierre echado. Allí sobre la una se paraban dos trenes, uno que se dirigía a Valladolid y el otro en sentido contrario hacia Ariza. Los chicos pregonaban cerveza y gaseosa y desde las ventanillas se asomaban para así no bajar del tren. No paraba mucho tiempo.
Con tantos rumores los maquinistas y ferroviarios esperaron las instrucciones que llegaban por el telégrafo desde Madrid. Una vez confirmado el levantamiento militar, se supo que un tren con tropas sublevadas se preparaba en Valladolid para ir a Coscurita y desde allí a Ariza, con el objetivo de reforzar a los sublevados de Mola que se dirigían desde Zaragoza hacia Guadalajara con la intención de llegar a Madrid.
La Guardia Civil que aun permanecía en el pueblo abandonó el cuartel que estaba junto a la estación y se concentraron en El Burgo de Osma. Los ferroviarios de La Rasa se reunieron en el cuarto del telégrafo a la espera de las noticias. Finalmente el inscriptor comenzó a imprimir la tira de puntos y rayas, mientras al tiempo el telegrafista Andrés Herrera leía. Por fin llegaban las instrucciones que mandaban desde Madrid. La linea aun funcionaba lo que quería decir que las estaciones hasta Ariza debían estar en zona republicana.
“Comité central… control servicios ferroviarios… subsección Industria Ferroviaria M. Z. A… Confirman formación tren facciosos… Valladolid dirección Ariza… Se ordena detener paso… mediante corte vía… descarrilamiento de la 531… Con reserva, formen tren… marchen hacia Ariza… Viva la República.”
Nadie sabia nada de tal comité y solo en la radio del bar del tío Aurelio se escuchaban las noticias del levantamiento. Unos estaban decididos a ponerse en marcha de inmediato, otros hablaban de esperar a ver que sucedía.
‒“Si ese tren llega ya no tendremos ninguna oportunidad y frente al ejercito nada podremos hacer con cuatro escopetas”.
‒“Nosotros solo somos ferroviarios y nada podemos temer” decía Adolfo de Pablo, el jefe de Estación que se mantenía más prudente.
‒“El sindicato ha decidido que hay que defender la República y no nos quedaremos a esperar que nos lleven por delante”.
‒“Usted, don Adolfo es el jefe y a lo mejor le respetan pero a nosotros nos matan aquí mismo” le dijo Marcelino.
‒“Voy a cargar las máquinas y montar el convoy con los vagones del muelle” dijo Andrés Herrera.
‒“Coger la herramienta y vamos con la 531 a cortar en el puentecillo en el arroyo tras la curva, antes del camino a Alcubilla del Marqués” le dijo a los otros Gabino.
No hubo más conversaciones, solo pensar en qué hacer ya mismo, algunas mujeres estaban fuera, escuchando y entre ellas la Isabel, con los ojos más abiertos que nunca, mudada la palabra y viendo los años que se le venían.
El chico Marcelino que aun no era más que un aprendiz, salió corriendo hacia la casilla a por las cosas y su pequeña escopeta, que poco hacía que andaba ya de caza con el padre. A medio camino se cruzó con las chicas que ante tanto alboroto venían hacia la estación, y volvieron con él esperando que algo les contara.
‒“Me voy con ellos, si no aquí nos van a matar a todos. Andar con ojo con el Charraman y los guardias que ya marcharon al Burgo, dicen que vendrán para acá con un grupo de requetés de Soria. Han paseado por los pueblos tomando los nombres de los hombres de izquierdas y republicanos”.
Corriendo tras él las chicas apenas le entendían.
‒“Y nosotras, y nosotras” gritaba Pepita.
‒“Yo me voy también” decía la Vicenta. Al paso corriendo las gallinas se espantaron.
‒“Encerrar esas gallinas y guardarlas, que os las llevarán si pueden.” Las chicas pararon, mientras él entraba en la casa.
Al poco menos de un salto volvió a salir de la casa con una maletilla y las escopetas, corrió y se detuvo a unos metros, de vuelta les dio un beso. “Cuidaros mucho” fue lo último que le escucharon.
Una de las máquinas fue hasta la casilla con los cuatro vagones del muelle, la Isabel les hizo el cambio para tomar la dirección a Ariza por la principal. Por el apartadero venia la 531, con todo ya dispuesto ya para empotrar la locomotora en el puentecillo del arroyo en dirección a San Esteban de Gormaz.
Unos metros antes de llegar detuvieron la maquina y bajaron la herramienta. Sacaron los tornillos de las traviesas y con las pinzas levantaron varios raíles de ambos lados, lo que casi les llevó una hora. El Andrés alejó la máquina y después abrió el vapor y lentamente la 531 se movió hacia el pequeño puente ya sin raíles para finalmente caer de lado sobre el arroyo. “Por allí no podrían pasar en varios días y tendrían que traer el tren grúa” pensó.
Quedaron todos en silencio mirando como, envuelta en una nube de vapor, resoplaba aun moviendo con fuerza sus ruedas, al poco se detuvo resignada. El tren con la segunda máquina llegó a recogerles y montaron todos de vuelta. La Isabel les dio paso cerrando las barreras del paso a nivel. Las tres mujeres quedaron junto a la casilla viendo como marchaban y temiendo no volver a verles.
En la estación comunicaron a San Esteban el corte de vía, para evitar victimas. Después ya sin parar marcharon camino de Ariza. No había banderas republicanas, sólo un banderín rojo de los que los ferroviarios usan como señal.
Casiano cargaba la caldera con carbón y Andrés le dio toda la presión que alcanzaba. Aquella máquina estaba habituada, ya que solo se utilizaba como refuerzo para subir la cuesta que había camino de la estación de Quintanas al pie de la fortaleza califal de Gormaz, allí donde Rodrigo Diaz de Vivar, el Cid Campeador, acampó camino de Valencia.
Tampoco pararon en Berlanga, en la estación les esperaban. Nieves, la hermana de Casiano, y Mariano, su marido, les alcanzaron al paso una hogaza y comida. Y el tren continuó su marcha silbando cuando avistaron el paso a nivel cerca de Hortezuela. Allí estaba también Julián Moreno otro hermano de Casiano. Sólo al cabo de una hora al llegar a Coscurita un grupo de insurgentes les dispararon con una ametralladora. Pero con la vía libre el tren consiguió pasar sin más percances. En el pueblo se oían disparos pero en la estación solo eran unos pocos que no se atrevieron a más cuando les respondieron con las descargas de las escopetas.
Parecía claro que las tropas del general Mola no andaban muy lejos, pero finalmente llegaron a Ariza. Avanzaron lentamente y Casiano iba sentado en el tope para comprobar que la vía no estuviera cortada. En la estación los ferroviarios estaban reunidos con las pocas armas que disponían: Todos se preparaban porque las tropas sublevadas andaban cerca al mando del comandante Michino que llevaba una unidad de ametralladoras.
Al día siguiente todos tuvieron que dispersarse por la intensidad del tiro y algunos morteros que dispararon contra la estación. Pensaron que en grupos pequeños y caminando en la noche podrían eludir a las tropas y grupos de fascistas que les buscarían.
Casiano, Valentín, Gabino y Marcelino decidieron volver hacia el pueblo para esconderse por los montes hasta ver como evolucionaba la situación y donde estaba el frente. Nieves la hermana de Casiano les dio comida cerca de la casilla de Berlanga, pero atravesar el rio Duero fue imposible por lo crecido que bajaba.
Solo podía cruzarse por el puente de hierro del ferrocarril que estaba vigilado por una patrulla de militares. La familia les informó que aquella patrulla hacía los relevos en la misma estación y no en el puente. Así aprovecharon para cruzar a la otra orilla y continuar hacia La Rasa. Aquella noche la pasaron en el monte cerca dela casa de los primos.
Por la chorrera de Navapalos volvieron a cruzar andando y así evitar la vigilancia de los grupos de falangistas que les buscaban. Se instalaron al otro lado del Duero, cerca de Inés, un pueblo con nombre de mujer, en una cueva en la que se refugiaban cuando andaban de caza. Por la noche podían ver el centelleo de las pocas bombillas que alumbraban la Estación. Finalmente pudieron contactar con un primo que a caballo durante unos días les dejó comida en una encina.
‒“Marcharos, saben que andáis por aquí y van a hacer batidas” les dijo. Y así emprendieron la huida hacia el pico Ocejón para unirse a las tropas republicanas en el frente de Guadalajara.