Herodes no tuvo piedad, le cortó la cabeza a Juan Bautista y eso que era el profeta de judíos, árabes y otros más, antes de que Jesús se hiciera con el lugar, y de que para ganar a sus gentes se hizo bautizar, cosa que predicaba Juan que aún no era santo.
La historia del profeta en Hortezuela se conocía y en las fiestas se veneraba al ya proclamado santo por varias religiones. Allí la orden de los hermanos hospitalarios construyó su monasterio y la iglesia de San Juan Bautista, que junto a los condes de González de Castejón y de Ágreda y los marqueses de Berlanga eran los dueños de fincas y vidas, y en la comarca se dedicaron a bautizar judíos e infieles, como en otro tiempo hicieron con Jesús de Nazaret. De lo que después viniera sobre juanistas y sus órdenes militares ya no se sabía tanto.
En mes de junio, en la fecha de 24, el pueblo se reconciliaba con el santo decapitado, y a seguro poniéndose a bien con la orden de Malta que allí mismo disponía de seminario, iglesia y hospital.
Ahora en esos días se preparaba la romería a la ermita que se hacia por la mañana y la fiesta y danza por la tarde en la plaza. Las mozas se disponían con sus mejores prendas que eran pocas, porque poco había y Hortezuela era poco más que una aldea dependiendo siempre de Berlanga de Duero.
Julián Moreno Ruiz, el hermano de Nieves, en aquellos días fue a las fiestas con su novia, Isabel Calvo, la más guapa decían los mozos. Porque él que era de los más decididos, nunca se echó para atrás a la hora de insistir y de que cediera a sus pretensiones. Hacía tiempo que los mozos acostumbran acompañar a las mozas en sus paseos en grupo, eso sí, bien atrás y entre risas y comentarios. Ellos tiraban algún canto, solo pequeñas piedras de río, que planeaban sobre el agua, allí mansa, del Duero y así algo demostraba el que más lejos alcanzara. Ellas a veces cantaban entre risas, algo que los mozos no entendían. Porque cuando llegaban a Berlanga, a lo sumo compraban unas pipas y de vuelta al pueblo. Y eso pasaba solo algunos domingos o sábados, pero en las fiestas es cuando más se trataban y lo más en el baile.
No digo que fuera costumbre juanista, pero así había sido siempre. Julián se adelantó al grupo de mozos y los cantos de piedra, y se colocó en línea con las chicas. Eso sucedió uno de esos días que fueron hacia el río. Ya al lado le dio charla al grupo que nada respondía. Pero él hablaba y solo la miraba a ella. Por fin, paseo tras paseo, cada vez más a su lado, alguna vez le respondía, con un monosílabo.
– “Vendrá usted el sábado a Berlanga”, tuvo el valor de decir.
– “Pues no lo sé”, le decía ella sin mirada alguna.
– “Pues que a mí me gustaría verla”, volvía Julián a insistir al cabo de un silencio.
– “Pues si usted viene nos veremos en el paseo”, y así sin más mirada la cita quedaba establecida.
De esta manera creció la relación, como también sucedía en otros casos entre mozos y mozas, y así en la fiesta del pasado año, los bailes de Isabel fueron solo para él y ella no accedía con otro pretendiente. El pueblo ya lo sabía y lo daba por bueno, les dieron por novios y nada más hizo falta. Después los paseos con carabina, con el tiempo, cogidos de la mano. Así Julián con Isabel paseaban muchas tardes y a veces llegaban hasta Berlanga.
En aquellos meses el Pepote y su grupo habían ido por los pueblos, después de que los falangistas de Madrid se reunieran para crear la Falange en Soria. Pero al parecer no lo consigueron y Soria quedó sin organizarse. En aquel coche los falangistas armados que pararon en Berlanga si se llevaron los nombres de los más izquierdistas, también de la CNT y de la UGT, que pocos había, ya que además de comercio solo se trabajaba el campo. Porque obreros quedaban solo los ferroviarios de la estación que casi todos estaban en la estación, junto a Hortezuela.
Allí fue donde José María Tomás, que llamaban el Pepote, se fijo en ella. Y si así le apodaron fue no solo por su envergadura y brutalidad sino además porque era el hijo de un conocido falangista que tenía amenazada a media comarca, Mariano Tomas, que además era el secretario del Ayuntamiento de Berlanga.
En las fiestas del 36, Pepote pidió baile a Isabel, y ella se lo negó con energía, pero él la cogió del brazo y la llevaba hacia el ruedo. Así fue como Julián se enfrentó a aquel pretendiente al que todo el mundo ya temía, por sus andanzas con otros falangistas. La cosa no fue más allá que de empujones y palabrería, ya que varios de Hortezuela impidieron que Pepote se saliera con la suya. Humillados los falangistas se marcharon de la fiestas y de aquello no se habló más.
Pepote y los suyos furiosos subieron al coche. Ya conocían bien a los de Hortezuela y al Julián, muchas veces se habían enfrentado cuando el grupo había ido a los mítines del Frente Popular. Tomaron la carretera camino de El Burgo, tenían cita con el Charraman y los suyos.