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La libertad hace 50 años

Para nosotros la libertad no fue un regalo, fue una conquista. Miles de presos lo pagaron con cientos años de cárcel. Otros lo pagaron con la vida.

Los años de carcel hay que contarlos día a día para que no se asuma como un relato novelesco. Me niego a que así sea. Quien puede sumar las horas y horas de paseo galería arriba, galería abajo, quien puede sumar las horas de espera a las puertas de las cárceles para pasar comida y ropa, para verles tras las rejas apenas 20 minutos.

Cuando por primera vez llegamos a la cárcel de Carabanchel y nos enfrentamos a los carceleros, funcionarios de prisiones, directores, o presos comunes mal encarados, semiesclavos por cuatro favores, si, así era, porque la verdad duele y a pesar de ello hay que enfrentarse a ella.

Recordar 50 años es fácil, vivir aquello era otra cosa, no de rondón sino de lleno, como si, sin pausa, toda, toda aquella represión te diera en la cara. Y siempre había más y de otros compañeros aún más dolorosa. Eso era dictadura.

Muchos españoles y españolas la vivieron de rondón, acomodándose a las faltas, acomodándose en una ignorancia interesada. Pero hay que decir que levantarse a las cuatro de la mañana, para encender la olla, después de haberse acostado pelando guisantes, para llevar un arroz, a la sexta galería, llena de presos políticos, de hombres que pelaron por mejorar la vida de otros, y que como pago solo les dieron cárcel, era y es como un deber de justicia, una conciencia que aun aqui sigue viva.

Cuando cuentan historias, por dentro me sonrío… si tu supieras de verdad… porque en donde se aprende es en las cárceles, dentro y a las puertas. Allí nacen las historias más dolorosas de la Libertad. Allí se comprende que esto de lo que vivimos tan gozosos y gozosas, costó mucha vida. A veces cuando se pisa la calle de todos los días, no entendemos lo que significa: que debajo de esas aceras hubo carreras y gritos, y muertos y detenidos y llantos de madres e hijos. !No los veis, no los oís al pasar¡

Que cargar aquella olla desde casa hasta General Ricardos, era una cadencia mecánica que se repetía dos veces por semana, y que parar un taxi, que quisiera parar, porque «gitanos» nos decían, y cerraban puertas cuando decíamos «a la cárcel de Carabanchel» , porque gente sin alma ni corazón las hubo y las hay. La gente te mira y te elude. «Si a Carabanchel a ver a un preso político» le gritaba Josefina. En la acera se apartaban. Y a esperar a que pasara otro taxi, apartando la olla porque si la vean no nos cogerían. En casa nunca tuvimos coche. Hoy si cuentas esto, te miran como a un marciano.

Que hubiera sido de nosotros si Josefina no nos hubiera cubierto con su fuerza. Esa que proviene de la tierra y que parece que nunca se agota. Por fin un taxi paraba, sabía a quien recogía, y sin mirar, no bajaba la bandera, era un amigo. Así eran los tiempos de la dictadura, la solidaridad se escondía pero cuando asomaba era reluciente.

No resulta fácil volver sobre aquellos pasos. La cárcel de Carabanchel estuvo cerca del barrio de Aluche. La derribaron para borrar la memoria histórica, ilusos. Esa vida pasa a los genes y se pega a la piel por generaciones. Ahora, el negocio triunfa, los especuladores siempre acechan, el Madrid de la especulación y el pelotazo, pero el rumor carcelario les persigue.

Entonces a los taxis les dejaban pasar las primeras rejas, y allí bajo los arcos, bajábamos los cubos cuatro o cinco, a veces más, la ropa y la olla. La olla que iba envuelta en trapos para que no se enfriara. Porque el arroz Josefina lo echaba antes de salir de casa y se hacía sin fuego, solo con el calor que los trapos guardaban. Ellos aun lo comían caliente. Cosa de la que doy fe, en los meses que estuve también en aquella sexta Galería.

Mas o menos sobre las diez estábamos ya en la cola para entregar los cubos, los libros en otra ventanilla, otra cola, la petición de comunicación en otra ventanilla, también otra cola. Si que nos repartíamos. Cuántos años así, tres veces por semana.

Luego dicen… Pero cuando se condena a un preso también se condena a la familia.

La ventanilla está alta y los cubos hay que alzarlos. Los cubos van con fruta y comida preparada. Fruta, porque los presos ni la huelen, carne porque la de don Leoncio (el director) no hay quien la trague de dura, y lo digo porque en el reciclado del rancho que dentro se hacía se mezclaba en un guiso que bautizamos como «coalición de guiso fascista y carne socialista». Un día llegó un paquete con latas de carne de países socialistas, que abrieron y que hubo que gastar mezcladas con el rancho. No cuajó y aquello no se repitió. El camarada cocinero tuvo que esconderse algunos idas. Comíamos en comunas, todo lo poco que teníamos era de todos.

En aquella cola de gente los cubos de múltiples olores avanzaban muy despacio. Y en cada uno una tablilla de madera con su cuerda bien atada y una lista con el contenido de cada cubo, para que nada se perdiera por el camino hasta nuestro preso y de cada lista una copia. Por fin los alzábamos y al otro lado de una amplia ventanilla un preso común los recogía para ponerlos en una mesa y otros presos revisaban y manoseaban todo, y de nuevo al cubo. Así para centenares de presos y familias que cada día por allí pasaban. Una lista al cubo para el preso, otra copia para el funcionario y otra para nosotros. Así ¿cuántas veces al año?, ¿cuántos años? Si es verdad 50 años de libertad, ¿sabe alguien lo que es eso? ¿de verdad?

Cuando por fin acabamos de entregar cubos y ropa, a la ventanilla de comunicaciones con los carnet de todos, que el funcionario recogía. Josefina le decía: » Marcelino Camacho Abad, sexta Galería, preso 19″. Cuánta vida ha quedado en entremuros y extramuros. El funcionario la mira y la conoce, y es el de siempre, pero hace que se lo piensa, que comprueba si es familia… los hijos llevamos los mismos apellidos… y parece que el funcionario se ve seguro. Josefina se cansa: «Venga hombre que ya nos conocemos». Y así otro día, y otro más.

Por fin salimos de nuevo afuera para esperar que nos llamen y pasar dentro, por fin, se respira y el griterío se disipa. ¿Por qué aún está en los oídos aquel tumulto que luego ya se ha hecho insoportable en cualquier lugar?

La puerta principal era de chapa, de las de cárcel de siempre, con las garitas y sus policías nacionales de guardia. Allí apoyados en lo que fuera, de nuevo a esperar. Los grupos iban pasando según las horas, al final nos llaman a cada uno y con nuestro carnet en la mano vamos pasando. El edificio de entrada está separado del carcelario, y al entrar se asemeja a una gran ciudad donde domina el rumor de voces anónimas sumadas incoherentemente unas a otras y que ya nada significan. Entonces crujen los cerrojos y las enormes rejas de galerías que solo nos dejan ver parte del mundo encarcelado en cuatro plantas. Cuando por dentro circulas ya no eres nadie. Cuando esperas en la sala de comunicaciones solo pisas cascaras de pipas que los nervios de las familias devoran incansablemente, bolsa tras bolsa, y que finalmente tu sigues la pauta.

Cuando sale el turno anterior todas la mujeres corren hacia la puerta. Hay que coger buen sitio, porque la sala esta llena de cubículos abiertos donde el griterío se hace ensordecedor y oír a nuestro querido preso resulta ya tan difícil que sumado a la espera la piel se curte, ya digo por generaciones. No se si ya se va comprendiendo qué es Libertad.

Conocemos bien aquellas comunicaciones. En los años 60 tenían dos rejas de suelo a techo con un pasillo por medio por el que el funcionario se paseaba. No había más remedio que gritar, nosotros y otros 30 presos y familias. Como decirle entonces en veinte minutos, que ese año ya había aprobado y que quizás me admitieran en el Instituto, si no me pedían en certificado de bautismo, que ademas te habitamos pasado el libro que dijiste en la carta, que iban nuevas camisas y calzoncillos, que te mandaba el jersey que la había puesto bolsillos como querías… que no te preocupes que todos estamos bien…

dios no existe… no perdáis el tiempo en buscarle. No os dejéis engañar, la Libertad nos la quitan la mala gente que siempre somete a los más débiles. Para tenerla siempre tuvimos que conquistarla.

Libertad tiene una larga historia de sufrimiento. No es posible que alguna boca de muñeca de cera no se rompa al pronunciarla, y entonces ¿no se le congelaran las cuerdas bucales? ya digo no le pidas nada a dios no existe o se ausentó hace milenios.

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