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5.- Mataron a Julián y a su cuñao

Nieves había llegado casi de madrugada en uno de los trenes y como otras mujeres fue andando a El Burgo de Osma a preguntar en la cárcel. Nadie había por las calles pero algunas mujeres dormían en corro cerca. Al cambio de guardia abrieron la puerta y se acercó. Un funcionario la conocía de Berlanga y fue a mirar en lo libros de entrada. Mariano habia estado preso pero había salido en libertad.

La cara le palideció y el cuerpo no la sostenía.

«Mujer son buenas noticias» -le dijo el paisano, pero ella sabía que no lo eran, porque Mariano le hubiera mandado recado y en San Esteban la hubieran avisado. Pero pensó en volver ligero, por si se hubiera escondido o marchado como el Casiano, junto a Gabino y al Marcelino.

La Isabel la vio bajar cruzando por el monte, ya le habían dicho que andaba por el Burgo, pero no sabía la desgracia. Así que tomó cuesta arriba, al encuentro. Faltaban más de treinta metros, la una de la otra, pero el paso, el gesto las delataba. Las manos se abrieron para encontrarse en un abrazo sin palabras. La Isabel clamaba a los santos, ya no quedaban rezos, todos se perdieron. A dios lo mataron los hombres y volverían a hacerlo. Nieves, solo decía “que lo han matao”, “que me lo han matao”.

Sentadas al borde del camino esperaron a que el animo se serenara, para que las esperanzas salieran de su escondite. Sé levantó la Nieves y ayudó a la Isabel. El camino se dividía y una fue hacia la estación y otra hacia la casilla.

Pepita Camacho Abad

La Isabel se puso a limpiar el gallinero y las gallinas se alborotaron por que no era hora y pensaban en el pienso. Rodeándola saltaban a su alrededor. «Animales no piensan más que en comer» y se sentó en las traviesas apiladas, frente a aquella perspectiva infinita que las vías dibujaban en el horizonte. La luz se recortaba con el mandil que le colgaba hasta las rodillas, de un azul oscuro que con su reflejo teñía sus manos morenas, agrietadas por el frio de tantos años y el carbón que siempre las ennegrecía marcando los surcos de la vida. En aquel silencio de campo ajeno y reposado, siempre esperando, de un cielo azul casi cruel, ella cerraba los puños y se golpeaba despacio, mientras se rodeaba a si misma con un abrazo ausente pidiendo un amparo, buscando un respiro, un descanso en la desgracia. Las chicas la vieron allí parada y se acercaron, temiendo lo peor.

“Tía Isabel ¿que le pasa?” Le dijo Vicenta asustada.

‒“He visto a la prima Nieves, se han llevado a Mariano y nada sabe desde hace dos días. Se va a coger el correo y preguntaba por si alguien le hubiera visto. Dicen que se le llevaron los falangistas, dijeron que a la cárcel de El Burgo, pero allí dicen que no está… y va preguntando por si alguien sabe de alguna muerte.

Apoyadas las tres en aquellas sufridas traviesas alquitranadas, esperando que no volvieran, que se hubieran marchado, que de ellos nada se decía, que allí no hubiera más muertes, que las noches pasaran, que nadie más golpeara la puerta, que dejaran de buscarles, que los días fueran como antes: de la escuela al paso a nivel y del paso a la estación, y ellos regresaran de la caza o de coger setas y espárragos, que al atardecer buscaran las gallinas perdidas en el monte…

‒“Vamos” dijo la Isabel, y las tres con su silencio se fueron para la casilla.

Nieves regresó a Berlanga en un tren militar que llevaba tropas franquistas hacia Coscurita. Su hermano Julián la esperaba cerca de la estación tras los depósitos. Los falangistas y requetés andaban buscando gente por las casas y él también se había ido de Hortezuela a la espera de que se fueran del pueblo.

Al día siguiente Isabel en una de las maniobras del tren subió a la maquina y en San esteban preguntó en el registro. Otras había que también preguntaban a los que ahora mandaban. Bajo el desprecio de los sublevados y oportunistas, cerraba y cerraba los puños, el dolor se hacia silencio en las entrañas y el miedo crecía. Pero la Nieves le había pedido que se interesara en San Esteban por si algo se sabía, y allí en el registro apareció que Mariano González Carracedo, «natural de Tudela de Duero, esposo de María Nieves Moreno Ruiz; falleció en accidente de guerra el día 14 de agosto de 1.936″. Al parecer lo mataron en Barcones junto a un grupo de anarquistas sorianos.

Aquel día, como muchas otras tardes, las tres mujeres se sentaron en la mesa junto al fogón, Pepita trajo la caja de las cartas, sacó el tintero, la plumilla y el papel de cartas. La Isabel con la cara y los gestos de dijo que escribiera.

“Querida prima Nieves:

Nos lo han matado, y bien sabemos quienes, con su nombre, y donde viven, que la Isabel le conoce desde niño. Dicen que fue en Barcones cerca del puerto de Paredes donde llevaron a Mariano y allí está su cuerpo enterrado junto a otros. Supieron que era de San Esteban, finalmente lo llevaron los vecinos y dieron sepultura fuera, junto a la tapia del cementerio, porque así lo mandaron. Porque estos malvados los matan y así los dejan a campo abierto, que fue a la luz del día y que los vieron como los tirotearon sin piedad y después a los que allí trajinaban les ordenaron que les enterraran y así lo hicieron, pero guardaron algunas cosas que llevaban y así supieron que era Mariano uno de ellos. Nieves no sabes como lloramos esta mala noticia. Cuéntanos de tu hermano Julián que de los otros nada sabemos, al parecer marcharon, porque dieron batidas y estuvieron en una cueva, al otro lado de El Duero, junto a Inés, donde dicen que unos se habían escondido. Muchos besos de Pepita, Vicenta e Isabel que te quieren”

La carta viajó con el fogonero del tren de mercancías que hizo noche en la estación. Al cabo de un mes, de regreso, el mismo fogonero, en el mercancías que ya iba a Valladolid, vino otra desgracia.

“Muy queridas mías: Que no solo perdí a Mariano sino también a Julián porque el Pepote se encaprichó de su novia y me lo mató. Le detuvieron cuando regresó a la aldea, pensaba que ya el peligro había pasado, pero no fue así. Le llevaron a la cárcel de Berlanga junto a todos. Fue al recibir la vuestra, al día siguiente, Julián fue detenido cuando regresaba a la aldea y le encarcelaron junto a los demás en la misma prisión de Berlanga.”

Nieves recibió la noticia del fusilamiento de su marido al tiempo de la detención de su hermano. A Mariano le fusilaron la mañana del 14 de agosto de 1936 después de que el día anterior le llevaran a la cárcel de El Burgo.

Le soltaron pero al cabo de unos días le fueron a buscar los falangistas, le llevaron en la Matona y le fusilaron, el mismo día que Nieves preguntaba en la cárcel junto a la Plaza de Toros donde encerraron a muchos ya que la prisión estaba llena. Aquel día la Matona no pasó por La Rasa, tomó el camino de Berlanga y por el puente Ullan cruzó el Duero. Los llevaban bien atados, como siempre tapados con la manta que el Charraman de vez en cuando mandaba lavar a la mujer.

En las fiestas de San Juan, en Hortezuela, Julián se había enfrentado con el Pepote porque le impidió bailar con su novia, Isabel Calvo, la más guapa del lugar. Pepote, es decir, José María Tomas, encabezaba aquel camión de falangistas de Berlanga que entró en el pueblo. Su padre Mariano, secretario del ayuntamiento de Berlanga, fue el que organizó las persecuciones en esa zona y en los primeros días del golpe llenó de republicanos la cárcel, la que estaba junto a la iglesia.

“Les llevaron a todos hacia Almazán, pero a cuatro no les dejaron en la cárcel sino que les mataron de vuelta. Parece que en la noche del 24 de agosto a Julián y a los otros, que nueve eran, les mataron en Cobertelada, en un sitio que dicen Paraje del Praderón. Ya casi en Guadalajara. Fue diez días más tarde de su cuñado, mi marido, mi Mariano. Que les encontraron atados por las muñecas y también por los codos los unos con los otros. Que el Julián estaba uno poco mas alejado, dicen que parecía como si intentara escapar.”

“Que estaban en el kilómetro 115 de la carretera que va de Cobertelada a Villasayas. Están enterrados en un pozo de un metro de profundidad. Todo esto que os cuento es porque los vecinos así nos lo hicieron llegar. Que los enterraron bien. Unos al lado de otros, sin amontonar. El alcalde, don Silvestre Casado, recogió sus cosas, nada de Julián solo unas fotos que reconocieron porque todos venían de Berlanga. Fueron los vecinos de Villasayas que nos avisaron y ademas los que les dieron sepultura según les mandó el alcalde.”

“Queridas primas la desgracia no quiere dejarnos. Espero que mi hermano y primos tengan mejor suerte. De momento nada puede hacerse. Algunas mujeres hemos ido hasta allí y supimos del lugar, dejamos flores y pusimos unas cruces con sus nombres, pero la segunda vez que fuimos, los falangistas las mandaron quitar. Nada dejan que muestre el lugar, pero hubo muchos del pueblo que nos contaron y lo vieron.

Nos dijeron que fuéramos al juez y pidamos un enterramiento digno. Eso haremos cuando la cosa se calme. Por allí han matado a otros, también a los maestros, que como si de una cacería se tratara, les hicieron correr mientras les disparaban. Que lo vieron todo desde las eras. De Hortezuela se llevaron a cinco.

Nosotras de momento solo vamos, ponemos flores y no dejaremos que pasen el arado por encima. Los vecinos respetan el lugar y nos mandan recado.

Cuidaros mucho. Vuestra prima que os quiere. Nieves.

Aquel fogonero, que le llamaban el Rubio, por su pelo castaño aunque claro, pasaba casi todas las semanas por el paso, a veces dormía en los chozos, porque su maquina esperaba otro mercancías que apoyar en la subida hacia Quintanas de Gormaz.

El Rubio dejaba caer, algunas veces una briqueta de carbón, mas allá de las viñas, a unos cien metros, vía adelante, para que nadie les viera.

La Isabel cogía un saco para ocultarla y traía los diez kilos hacia la casa.

En aquellos días Gabino en los ratos libres se hubiera dedicado a picar ese carbón para la estufa que en invierno ponían en la cocina y así calentar la casilla, en el duro frio soriano.

El Rubio sabia lo que contaban aquellas cartas, cómo no saberlo, !si dejó de ver al guardagujas de Berlanga¡, con el que tenía amistades, antes de tanta desgracia, que de política a él no le hablaran, que nada sabía, pero a la gente si conocía, y que ahora al llevar cartas a unas y otras, sabía las desgracias, porque sus caras las veía, cuando esas mujeres se le acercaban, ya fuera en Berlanga, ya fuera en Ariza, donde llegara, a él le confiaban, quizás porque nunca habló de nada ni de nadie, quizás porque nunca habla, porque le faltaba el habla. Y aun así les decía con los ojos lo que bien podía, algún gesto y algún sonido que aun brotaba de su garganta, porque el dolor lo escondía, las mujeres le agradecían incluso cuando nada, ningún escrito, les daba, porque las cartas del otro lado de la guerra, eso parecían, el las llevaba, sabiendo aunque nada sabia, lo que decían ni de donde venían.

El Rubio dejó de mirar a la Isabel según se fue haciendo a la vista cada vez más pequeña y la maquina tomó la curva hacia San Esteban. Entonces ella dio la espalda esta vez sin carbón solo con la carta. La máquina de vapor resoplaba, porque el Rubio oír si que oía, aunque mudo fuera.

“Posdata.: Que sepáis que mi otro hermano,Telesforo me mandó noticias, que está bien, que me supongo que si algo malo hubiera, ya me diría, en Aranda a él le dejaron el trabajo, pero de Madrid nada llega. Y eso es lo único bueno que puedo deciros queridas primas.”

Pepita dejó de leer en voz alta, aunque para sus adentros repasó la carta varias veces. Vicenta puso el caldo para la cena y la Isabel cerró contraventanas, de nuevo la noche a la espera de que las sacaran a la calle los falangistas, si es que esta noche vinieran a los registros, buscando matar a los hombres. Las chicas fueron a dormir al cuarto de la máquina de coser y ella al de la cama grande pegada a la pared sin ocupar el hueco del hombre.

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