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1 – La Matona (Las tres mujeres)

La noche no había dado permiso al alba y aún así La Matona ya bajaba por la cuesta de El Burgo de Osma. Aquel bronco ronquido de motor se esparcía por los montes. La cebada, crecida, ya había levantado hace tiempo y se veía tumbada sólo por donde un hombre había pasado, quizás escapaba, aunque por lo corto de sus pasos, tanganillo llevaría su galgo.

La Matona seguía a su paso siempre antes de que levantara el alba. Se lamentarían los caminos. Su manto oscuro apagaba el amanecer que se resistía en la tierra soriana. El Duero, el más austero de los ríos, nunca dijo nada. Me he parado muchas veces en su orilla, junto a la presa frente a Inés. ¿Por qué tanto silencio?

Poco a poco aquel camión se acercaba, a lo mejor hoy no se detenía… En la cama las dos hermanas se apretaron, las dos despiertas todos los días al alba. “Ya pasó, ya pasó” dijo la mayor. Las manos temblaban. La Matona se alejó.

Al Charraman, de nombre Felipe Sanz, el aire le daba en la cara. Ya se había echado dos buenos tragos de anís. La botella entre las piernas. En la cabina cantaban. Iban a cogerles de sorpresa, esta vez si que si. Habían hecho como si pasaran de largo, pero pensaban volver andando, ese era el plan. Ya les tenían ganas porque estaban por los alrededores y seguro bajaban por las noches a por comida y a estar con las mujeres.

Esta noche les pillaban seguro. Aun era de noche, aun no habrían salido. En la cabina seguían cantando… era el plan, que todos pensaran que hoy allí no paraban.

Cogió la curva en dirección a Pedraja y a la altura del lavadero, paró el motor. La Matona se deslizó suavemente. Ella no había nacido para esto, solo era de carga, la requisaron para la guerra. Aun así sus hierros sueltos callaron pero los frenos chirriaron.

“Jodía puta -dijo desde la cabina- nos habrán oído. Saltar corriendo”

De la caja de carga saltaron cuatro hombres con sus escopetas. No eran del pueblo pero si les conocían. Desde hace días buscaban sangre por encargo o por venganza. Lo de las ideas era lo de menos, pero ni un republicano o de ideas avanzadas se salvaba.

La Matona quedó atrás en la oscuridad. Silenciosos enfilaron hacia la casilla. Las tres mujeres los presintieron y ya estaban sentadas esperando. Los hombres nunca bajaban a la casa, pero día tras día sabían que volvían a por ellos. De nuevo la puerta retumbó con los golpes de las culatas.

-“¡Todas fuera, y ahí quietecitas o si queréis os llevamos a dar un paseo!” les gritaban.

La mujer y sus dos chicas, salieron fuera y se sentaron junto a las traviesas que el padre utilizaba para leña. El paso nivel estaba abierto y en la noche los raíles apuntaban con su brillo hacia la estación. Allí una luz se reflejaba, quizás el jefe andaba dando una vuelta.

En las agujas de las vías, los faroles se habían apagado, nadie se encargaba de ellos. La Isabel los rellenaba de petróleo cuando le daban y recortaba las mechas por las mañanas. No había ya mozo y en la estación solo había quedado un jefe y un factor. Los demás habían huido con el corte de las vías.

Los trenes pasaban de vez en cuando, sobre todo militares. El telégrafo estaba sin servicio a Madrid, solo hacia Valladolid. Nada se sabía de lo que pasaba, solo que la guerra se extendía.

Ellos seguían escondidos en el monte. Mejor sería que se fueran ya. La Isabel tenía la cara pálida. El miedo se había instalado y siempre hablaba con la cabeza baja.

-“Lo que usted diga, señor”. “Se fueron, pero aquí no han vuelto”. La Pepita callaba y no respondía. Vicenta, la más niña, siempre miró desafiante.

-“No me mires niña, no me mires”, gritaba el “Campanero” de los Otín de El Burgo. La Isabel la cogía y la ponía tras ella.

Los otros tres subieron al desván, bajaron y en las habitaciones tiraron colchones y la ropa de los armarios y la cómoda. Nada pudieron encontrar, nada había. Con la ira y el olor a anís López, el guardia de El Burgo de Osma salió por la puerta.

-“Nos habéis oído o ¿alguien vigila?”, dijo mirándola.

-“Si venís todos los días”, murmuró la Vicenta. La Isabel le tapó la boca con la mano.

-“Dile a esa que se va a venir conmigo a dar una vuelta y la voy a enseñar”, gritaba el Charraman.

-“Vámonos… ya les cogeremos porque andan por aquí”, dijo el guardia apuntando su pistola hacia el monte.

Con sus camisas azules se fueron cantando hacia las escuelas camino del lavadero. Ni una cortina se movía en las ventanas del pueblo, en las camas todos los cuerpos permanecían despiertos e inmóviles.

-“Duerme mujer, duerme, que no ha pasado nada, no se llevan a nadie”, en las casas de arriba, cerca del monte, la abuela Vicenta volvió a coger el sueño.

La Matona arrancó de nuevo y solo entonces el alba se atrevió a despuntar.

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